sábado, 1 de marzo de 2014

Chain

Ciudades fantasmas. La invisibilidad de lo familiar. Las casas encantadas que deshabitan con su apariencia anodina, intercambiable. Los cuerpos que transitan se convierten en sus emanaciones, fantasmas, atraídos como falenas a una luz que oculta en sus brillos su condición mortuoria. Cadenas de tiendas, centros o galerías comerciales, un tumor propagándose por el cuerpo del planeta. Cadenas que atrapan con sus eslabones, tiendas múltiples, promesas de un consumo infinito, de una disponibilidad infinita, espacios de recreos de múltiples que absorben y abducen, desterrando del tiempo, como capsulas en las que desvanecerse, como pausa antes de proseguir con nuestra condición de seres productivos funcionales. 'Chain' (2004), de Jem Cohen, es una siniestro relato de terror que parece un documental , una historia de casas encantadas en la que las figuras humanas son secundarias, incluso meros figurantes. Como una invasión de ultraespacios que nos han anulado. En la obra de Thomas Bernhard, hay una palabra que se repite recurrentemente, 'aniquilación'. Aunque en la obra de Cohen se transmite esa idea, esa sensación, a través de su mullida musicalización del relato, pero no es la condición mullida que entumece, sino que despierta nuestra percepción, una apariencia mullida que va abriendo lentamente en canal nuestra mirada. Un sutil modo de resurrección de la percepción enajenada por los cantos de las promesas en las que nos enmaraña la instituida red del comprar y vender.
Jem Cohen había grabado durante años espacios deteriorados, los vertederos de la sociedad del bienestar y la opulencia, espacios abandonados, ruinas, espacios residuales, viejos vecindarios, realidades descascarilladas. Y se percató de que dejaba fuera del encuadre esas construcciones, esos edificios, que de tan familiares se han convertido en invisibles, como si fueran resortes espaciales, espacios que los habitantes, más bien transeúntes, pilotos automáticos con forma humana, transitan como extensión de su hogar, o como otro compartimento de su realidad estructurada, programada. Cohen nos recuerda, con su cine, que los espacios no son un telón de fondo que se recorre o que acompaña. Nos define, nos condiciona, hace que nuestra relación con la realidad esté configurada de un modo u otro. Pero por primera vez, para 'Chain', Cohen decidió incluir personajes, figuras que tuvieran tanta relevancia, o casi, como los espacios. Dos sombras errantes, dos fantasmas.
Amanda (Mira Billote, cantante de White magic) es una mujer que transita entre esos espacios, que vive en sus penumbras, en sus márgenes, en casas abandonadas, y a la vez realiza dobles trabajos, en tarea de limpiadora, en los centros comerciales, u otros espacios de tránsito, como moteles y hoteles. A veces merodea, a la deriva, entre los espacios abandonados, y contempla a través de hendiduras ese seductor e hipnótico interior luminoso de los centros comerciales. Simula que habla por su móvil, para no despertar las sospechas de los guardas de seguridad. Al fin y al cabo, se habita la dinámica social de la simulación, ser apariencias. Tampoco cuando trabaja, con su uniforme distintivo, es aceptada, reconocida, como si la realidad estuviera diagramada por separadores, compartimentos, ángulos ciegos, ajenos. Tú no eres yo, eres invisible, un cuerpo sospechoso o un cuerpo inexistente. Amanda se graba con una cámara, grabaciones que se supone que enviará a su hermana, grabaciones que dejan constancia de que no es un fantasma, aunque lo parezca por los siniestros brillos en sus ojos que provoca la luz nocturna con la que se graba, o por la vida diurna que lleva, una vida secuestrada que no le deja resquicios para sì misma, para que su mirada tenga luz y vida propia y observe la realidad sin que sea reducida en ese agujero de los centros comerciales y cadenas de tienda que dominan el paisaje urbano.
Tamiko (Miho Nihaido), por su parte, es una ejecutiva japonesa que viaja a Estados Unidos para estudiar los parques de recreo, para aplicarlos en las empresas japonesas. Se sorprende de cómo han asumido como estadounidense lo que no lo es, como la empresa Sony, como si el tejido social se hubiera apropiado de influjos ajenos, por lo que la equipara con Disneylandia. También refleja como lo que se cree es propio no es sino otra emanación de una despersonalización. Se sorprende, por ello, de la condición de una cultura definida por una mezcla, que por lo tanto implica falta de pureza. Como si la identidad fueran compartimentos estancos. Tamiko se convierte en una mirada desde la distancia, desde la ajenidad. Los matices de su enajenación son otros. También es una mirada a la deriva, una mirada que consigna, una mirada que no traspasa superficies, y su red la va engullendo como si se extraviara en un bucle. Como si la observación de los parques de recreo fuera progresivamente narcotizandola, convirtiéndola en una mirada suspendida, en otro fantasma, otra mente poseída por las casas encantadas de unos espacios que esterilizan.
La asombrosa narración de 'Chain' se trama por la musicalización de una asociación de espacios, de fragmentos, conjugados por las voces de las dos mujeres, como las voces de dos cautivas en un espacio que hace desaparecer a sus habitantes o transeuntes, aunque a veces sus figuras asomen entre la multitud que transita por espacios acristalados, donde la vida fue extraída para convertirnos en simulacros, prisioneros de una cadena invisible. El cine de Jem Cohen se desliza en los márgenes, desentraña nuestro entorno, la constitución espacial de nuestra realidad, la condición de lo que habitamos. Mientras, su cine sigue en los márgenes, desconocido. Cuando 'Chain' o 'Museum hours' (2012) son dos de las obras más asombrosas, cautivadoras y bellas que ha dado el cine de este siglo XXI.

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