domingo, 17 de marzo de 2013

El puente

 photo brucke_opt_zpsabb9d4e4.jpg Hay puentes que nunca se cruzarán. Los siete adolescentes, compañeros y amigos, que protagonizan ‘El puente’ (Die brucke, 1959), de Bernhard Wicki, pasan, de un día a otro, de utilizar ese puente como lugar de juegos (y ensoñaciones) , a cuyo árbol colindante se encaramaban como mirador, a ser un puesto que, como soldados, deben defender del ejército norteamericano, encaramándose, ahora, al árbol como centinelas. El horizonte ya no es algo que observar, o admirar, sino que vigilar. Al avistar un avión en la distancia uno de los chicos, Sigi, echa cuerpo a tierra, lo que provoca las risas de sus compañeros, así como sus crueles comentarios burlones, sobre su cobardía o sobre si se habrá meado en los pantalones. Unos segundos después, el avión se abalanza sobre ellos; todos echan cuerpo a tierra, menos Sigi que permanece de pie, con los dientes apretados, para demostrar que es tan valiente como el que más. Cuando el avión ha pasado, tras disparar sobre ellos y lanzar una bomba, los amigos descubren que Sigi está muerto.  photo 1702_2_1254949871_opt_zps825481f7.jpg  photo 19935079_opt_zpsc408a678.jpg En un instante han pasado de niños a adultos, del (inconsciente) juego a la descarnada realidad. La guerra no es como el recreo: La primera imagen que vemos de ellos es jugando en el colegio con una lata. En unos días no jugarán con latas, sino con lanzagranadas y ametralladoras. Ya no son aquellos niños que especulaban con el mapa de su aula sobre las posiciones de los ejércitos y los movimientos tácticos que deberían realizar. Ya no hay distancias en las que sentirse inmunes. Ahora son uno de aquellos puntos en el mapa, intercambiables, indiferenciables. Aún menos: por un desbarajuste en la transmisión de órdenes, hay otros soldados que esperan que se retiren de ese puente, para poder volarlo en cuanto pasen los primeros tanques estadounidenses.  photo tumblr_miaxd6sPLH1qb29b7o1_500_opt_zpsd06cc5a5.png En ‘El puente’, Wicki, junto a Karl-Wilhelm Vivier, adapta la novela de Manfred Gregor (seudónimo del periodista Gregor Dorfmeister), inspirada en unos hechos que acaecieron en abril de 1945, y que fueron relatados al escritor por un veterano que participó en ellos, el único de los siete adolescentes que logró cruzar el puente que le convertiría en adulto. Adolescentes con pantalones cortos que construían conjuntamente un bote, cuando el bote de la vida no les llevará a ninguna parte. En clase leen versos de Holderlin, pero poco tienen que ver esos versos que hablan de morir por una idea, por amor, con morir en una zanja, aplastado por unas vigas, o con el pecho reventado por un francotirador.  photo ElPuenteDieBruumlckeBernhardWicki195910_opt_zps9af174c1.jpg Ya no tendrá gracia cuando seas tú el que se caga en los pantalones porque sientes miedo, porque no quieres morir, porque no tiene nada que ver con los mapas, ni con los juegos de la imaginación, ni con las dramatizaciones de adolescente cuando no soportas que tu padre se acueste con la secretaria con la que tienes fantasías. La guerra son balas horadando el cerebro de tu amigo, aquel con el que ya no hablarás nunca más. Es el rostro abrasado de un hombre, cuerpos mutilados, soldados que huyen en estampida porque la derrota se cierne sobre ellos, y los sueños de victoria, de heroísmo, son sólo los sueños del adolescente que no sabe que los cuerpos revientan y que el tiempo es finito. La muerte no es la estrofa de un poema.  photo bruecke2_opt_zpsf8e68049.jpg  photo http___www_opt_zps5c8cd591.png

1 comentario:

  1. ¡Vaya un derrotista que estás hecho, macho!
    ¡Contigo no se puede contar para patear irakies mientras otro lo graba!

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