sábado, 26 de mayo de 2012

La máscara del otro

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‎'Más trabajo, menos promesas', se lee en las pancartas de los manifestantes, tras que, en el primer plano de 'La máscara del otro' (The masquerader, 1933), de Richard Wallace, rompan el cristal de un establecimiento (la cámara situada en el interior lo que acentúa la violencia de la irrupción, y ya asienta la inestabilidad que convulsiona al pais, Gran Bretaña. Más adelante en el titular de un periódico,de vena crítica con los designios de gobierno, plantea la interrogante, '¿Máquinas u hombres'?. La acción transcurre a inicios de siglo, cuando el proceso de insdustrialización arrasaba ya como una marabunta, dejando el terreno de la sensibilización social yermo, y ya convirtiendo a los políticos en meros gestores, ajenos a las carencias del pueblo. Las máquinas sustituían a los hombres, que veían cómo perdían su trabajo, y por tanto su sustento de vida. Otra sustitución, precisamente, sería la que delinee la trama de la obra, que adapta tanto la novela de Katherine Cecil Thurston, escrita en 1904, como la adaptación teatral posterior escrita en 1917 por John Hunter Booth. Una premisa que no deja de evocar a la de la novela escrita por Anthony Hope, 'El prisionero de Zenda'(1894). Chilcote (Ronald Colman) es un político que sufre una grave adicción al alcohol y otras drogas. En su primera intervención en la película, en el parlamente, para replicar al ministro, sufre un desmayo, que no será el último.Chilcote es alguien que ya sólo tiene ganas de abandonar, de huir, exhausto y sin gana alguna ya de combatir. Su solución es su primo, Loder (Colman),con quien precisamente se topa en la niebla, a quien le pide que sustituya por un día, pero su grave estado de salud condiciona que sea más que un día. Loder, precisamente, es su opuesto en compromiso social y político, incluso en la cuestión económica, dadas las carencias de Loder, que se alegra por haber ganado cinco libras, porque ha logrado publicar un artículo, al que ha titulado '¿Máquinas u hombres?'. Su discurso, incendiario, en el parlamento, será todo un revulsivo.
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Ambos, Chilcote y Loder, representan dos opuestos tipos de políticos. Entre opuestos femeninos también se enmarañaba la vida de Chilcote, entre su amante, Lady Diane (Juliette Compton) y su esposa, Eve (Elissa Landi), de la que estaba ya muy distanciado. Claro que Loder no sentiría lo mismo, o sus preferencias serán las opuestas. Como el protagonista de 'El prisionero de Zenda' que Colman, precisamente, interpretará seis años después dirigido por John Cromwell, se encontrará ante la tesitura o dilema de qué hacer con lo que siente por una mujer que no sabe quién es él realmente y que se supone que es la esposa de otro, aunque este otro, Chilcote,no sienta ya nada por ella, forcejeando entre sus sentimientos y su integridad. Pero al fin y al cabo su simulación no es completa, y ella no deja de advertir que es 'otro' en su comportamiento y actitud, por lo que se enamorará de él ( aunque ella cree que se está 'volviendo a enamorar). No deja de ser hemoso el detalle de la puerta entre los dormitorios que llevaba cerrada con llave durante mucho tiempo, como bella es la secuencia en la que ella accede a su dormitorio, y en pocos minutos se suceden una variedad de estados emocionales, de apertura y replieque, entre ambos.
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La obra está narrada con precisa sobriedad por Wallace ( con afinados detalles como lo que es redescubrir la eficacia dramática de un mero cambio de tamaño de plano y de eje; o el uso de las sombras en la muerte de cierto personaje), sabiendo fluir con desparpajo entre la comedia y el drama, y en la que es pieza fundamental el buen hacer de ese gran y elegante actor que fue Ronald Colman (magnífico en especial en la secuencia de la recepción tras el discurso de Loder suplantando a Chilcote, con sus infructuosos intentos por abandonar la mansión de éste, mientras no deja de sortear o enfrentarse con aquellas y aquellos que creen que es Chilcote ).

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