jueves, 19 de abril de 2012

Les Lyonnais

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Hay una remarcable sintonía entre el cine de Michael Mann y Olivier Marchal (en especial, en su forma de abordar el thriller), que se enfatiza con la coincidencia de abordar la actividad de bandas armadas de delincuentes en sus últimas obras (sin esconder su simpatía por tales figuras, más que por los representantes del orden). La de Michael Mann, 'Enemigos públicos' (2010) se centraba en la actividad gangsteril, en los años 20, con la figura de Dillinger como foco central. La de Olivier Marchal, 'Les lyonnais' (2012), se centra en la de los que formaron la banda de atracadores de 'Los lioneses' a principio de los años 70, hasta que fueron capturados al de 4 años. Los 70, precisamente, es una década que ha marcado a ambos; su cine transpira los modos del contundente y sobrio thriller de aquella década, condimentando con un montaje percutante, y las sombras rugosas sobre las que se desliza su arco dramático. Añádase que en 'Les lyonnais' vibra el aliento peckinpahniano de la amistad, de las lealtades y traiciones, del peso del pasado, de la erosión de tiempo ( y sus transformaciones).
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'Les Lyonnais' es un impecable thriller que transita sobre unos patrones narrativos y dramaturgicos ortodoxos, bien reconocible, como se podía apreciar en los excelentes thrillers de James Gray, sostenidos por el influjo manifiesto de construcciones dramáticas de aquella década (cfr. El padrino), pero ambos lo transcienden con su dominio de la puesta en escena, con su ingenio, con su hondura emocional. Y en esto es capital su forma de excepcional forma de iniciar la obra, que marca el resto de la narración como un tizón ardiendo, como unas brasas emocionales de las que no se desprenderá ni en su admirable plano final ( que tan afinadamente juega con el fuera de campo). En la secuencia inicial se nos presenta a Edmond 'Momon' Vidal (Georges Lanvin), en una terraza de un pueblo costero. Su rostro refleja tanto cansancio y pesadumbre, como determinación (esa estirpe del hombre de pocas palabras que condensa en su gesto,en su semblante, toda una actitud vital, como la gravidez de la arrugas interiores de la consciencia que ha dado el paso del tiempo). Su voz 'en off' expresa cómo del pasado no te puedes desprender, cómo marca y pesa, y cómo ignoras cuando eres joven lo que realmente esla vida. Un plano de Momon, ahora joven, encarnado por Dimitri Storoge, en una discoteca, con cambio de eje con respecto al del presente, ya condensa ese grito interior, ese desgarro, esa escisión entre tiempos, que además constata que las sombras del presente tiene sus raices en el pasado. La narrativa combina los dos tiempos. Ese presente, en el que se detona el pasado (su evocación, su despertar), desde el momento en que tiene constancia de que su amigo Serge (Tcheky Karyo),al que no ve desde hace 13 años, ha sido apresado por la policía, y que plantea la interrogante de qué hacer por el aigo cuando se ha abandonado la actividad delictiva desde hace varias décadas.
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Si ese presente está dominado por la luz fría, sombría, los ecos del pasado, las intermitenes secuencias que narran las actividades de 'Los lioneses' tienen un tono ambarino, como un fósil que ha vuelto a despertar el pasado del que no se puede librar, como una maldición. La capacidad de Marchal para las escenas de acción, violenta, es tan imponente como la de Mann. Véase el asalto al hospital para liberar a Serge, o en el pasado, el dominio del montaje secuencial con la sucesión de escenas en las que Momony sus compañeros eliminan a los componentes de la banda, de la que eran parte, y cuyo jefe había ordenado que le mataran a Momon por querer independizarse. O la aún más sintética en la que se encadenan lo diversos golpes que realizaron exitosamente. O apuntes mordaces como que el desencadenante, o primer eslabón, de su carrera como delincuentes, de Momon y Serge, fuera porque les condenaran a seis meses de carcel por robar una caja de cerezas. Marchal hilvana admmirablemente, con la inestimable aportación de la música de Erwant Kermorvant, la efusión emocional de esa interconexión de tiempos, de esa herida que nunca se cicatrizó del todo. No deja de ser afortunada idea que ese plano inicial del presente sea el momento en el que ya ha tomado consciencia que es irreversible el poder evitar que se desencadene de nuevo más tragedia, más perdidas, el momento en el que está determinado a de nuevo manchar sus manos de sangre, ese presente 'manchado' (el que se nos narrará) que ya es pasado, como el de décadas atrás, su raíz podrida, de la que no te puede librar que retorne, por mucho que uno quiera poder vivir en la integridad. Ese que podrá desaparecer en fuera de campo, en el plano final, porque siempre ha estado ahí como un fuera de campo, fuera de foco, pero pendiendo como una espada de Damocles.

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