martes, 20 de septiembre de 2011

Un crimen por hora: John Ford y la Ealing

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John Ford, Jack Hawkins y Anna Massey, durante el rodaje de 'Un crimen por hora' (Gideon's day, 1958). Siempre me ha dado la impresión (dicho también con cierta hipérbole: Se me ocurrió ayer) que el fulgor del magisterio excepcional de 'Centauros del desierto' (1956), en cierto medida eclipsaba o ensombrecía el aprecio, o discernimiento,de obras cercanas en el tiempo e incluso en el calibre de su magisterio, caso de 'Escrito bajo el sol' (1957), 'El último hurra' (1958) o 'Misión de audaces' (1959), aunque no hayan faltado voces que no han dejado de recordar sus insignes cualidades (pero, eso sí, siempre a la sombra de una obra que adquirió casi la condición de Mito). Pero también ha minimizado el aprecio de las cualidades o excelencias de obras como 'The rising of the moon' (1957) o 'Cuna de héroes' (1955), las cuales, cierto, puede que no posean el magisterio de las citadas ( y ni falta que les hace), pero si ambas son obras 'menores', será sólo por comparación con las citadas. Son dos delicias, como lo es la que quizá sea la obra que más ha permanecido en la sombra de ese periodo, y que más desconcierto parece haber deparado, 'Un crimen por hora' (1958). Lo de 'The rising of the moon' 'encajaba', por lo de las raíces irlandesas y el precedente cercano de 'El hombre tranquilo' (1952), pero ¿una obra puramente británica dentro el género policiaco además en la filmografía de un cineasta que no había transitado el género,o el film noir, en su país? ¿Y además en un tono tan distendido, e incluso quebradamente narrativo? Porque más bien parece una sucesión de episodios de un día (representativo) en la vida de este inspector, Gideon (Jack Hawkins), de ahí el más preciso título original, 'Gideon's day' ( El día de Gideon), aunque el título en castellano intenta condensar la agitada dinámica de vida en la que se pasa de un caso a otro casi sin solución de continuidad ( o a la vez). Aunque tampoco es de extrañar esa condición liquida narrativa en el cine de Ford, tendente a las digresiones, como las peripecias de Wagonmaster (1950). Es oportuno recordar que esta obra, 'Un crimen por hora', que Ford realizó por las demoras en la producción de 'El último hurra' (la dificultad en encontrar al interprete que interpretara al protagonista), y que le ofreció Michael Killan, productor de 'The rising of the moon', tiene como guionista a TEB Clarke (adaptando la novela de John Creasey), autor de los libretos por ejemplo, de 'Oro en barras' (1950) o 'Los apuros de un pequeño tren' (1953), ambas de Charles Crichton, lo que podría facilmente llevar a realizar una asociación, de afinidades, con las comedias de la Ealing. Al fin y al cabo, 'El hombre tranquilo' fluía por senderos próximos al de las obras citadas o 'Whisky a gogo' (1949), de Alexander MacKendrick o 'Pasaporte a Pimlico' (1950), de Henry Cornelius. Pero tamizado por ese toque indefectible de Ford. Hay ocasiones en que hasta se puede apreciar en la gestualidad de Hawkins la de John Wayne, como se puede ver una transposición de los castrenses sargentos de sus obras de caballería en el circunspecto sargento que es pura diligencia (admirable ese plano en el que tras que Gideon vuelva exhausto de resolver otro caso a su despacho, ya en el atardecer, aprecie en la sala de al lado al sargento, con ropa de calle, sentado y esperando, como aplicado subordinado, la vuelta del inspector).En esta vivaz digresión narrativa (musical) de sucesión de casos, en la que no faltan eficaces y afilados apuntes sombríos, resuenan unos ingeniosos leitmotivs: los recordatorios y olvidos del salmón que le ha dicho su esposa que compre para que lo prepare en la cena; la fotografía de una testigo que atrae a Gideon, y que se guardará en un cajón (aunque la detenga cuando descubra que es cómplice en una serie de robos en los que actúa como precedente de la Marnie de Hitchock, cambiando de aspecto y trabajo después de realizar el robo), y el joven policía de a pie que inflexible pone multas al inspector, al comisario jefe y al juez, y que al final lo sufrirá en sus carnes aunque intente excusar su infracción de una ley de tráfico en que está en plena misión. Lo que no es sino una nueva coda irónica de Ford que, como narra en esta película, considera la necesidad de las instituciones, siempre que sean consecuentes, y flexibles. La ley para dejar espacio holgado a la justicia debe considerar siempre las circunstancias (y los olvidos del salmón, que al final es un arenque).

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