sábado, 20 de agosto de 2011

Milk Frost Nixon

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Hay películas que resultan más interesantes por las resonancias complementarias que poseen, como reflejo de un estado de cosas o de un tiempo, que por su valor en sí mismas. No es que ‘Frost Nixon’ (id, 2008), de Ron Howard, y 'Mi nombre es Milk' (Milk, 2009), de Gust Van Sant carezcan de méritos cinematográficos, aunque, inesperadamente, conociendo la previa obra de ambos, resulte más equilibrada en sus logros la obra de Howard que la de Van Sant, pero sí las contemplamos a través de las figuras políticas en las que se centran, se nos ofrece la posibilidad de ver en el espejo del tiempo pretérito las convulsiones en las que se encuentra Estados Unidos, debatiéndose entre dos reflejos, aquel en el que no quiere verse, y aquel en el que gustaría identificarse (e incluso, dado el tiempo transcurrido, lo podríamos trasladar a este satelite país que es España, lo que hace que sean más sugerentes a día de hoy las reflexiones que plantean o suscitan).

Y si jugamos con ambos títulos originales, y los ensamblamos, y creamos un nuevo título como si fueran dos obras complementarias, ‘Milk Frost Nixon’ añadiríamos la intermediación de la voz que representará, no sólo al hombre de los medios de comunicación ( la voz informadora o crítica),sino incluso al estadounidense medio (¿y por qué no tanto al comunicador en los medios como al español medio?), a través de Frost, y su emblemática transformación a lo largo de la película de personaje adalid de la (vanidad de la) imagen y la banalidad a mente comprometida o concienciada.
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Nixon representa esa imagen pública en la que no se quiere ver reflejado el país. En los 70 se produjo un crucial 'Hiato'. La dimisión de Nixon como presidente, tras las revelaciones de corrupción que surgieron, cual fichas de dómino cayendo una tras otra, tras destapar el caso Watergate. Nunca un presidente había llegado a dimitir. Nunca un presidente había dejado en evidencia su corrupción. Por otro lado, Harvey Milk se convirtió en aquella década, en el primer representante político que reconocía abiertamente su homosexualidad. Era un paso adelante, una superación de largos años en el que la homosexualidad era una vergüenza que permanecía en la clandestinidad, algo turbio o desviado que no podía reconocerse (recordemos que fue a principios de los 60 cuando en el cine podía mencionarse ya abiertamente una condición homosexual). Y fue asesinado.

Milk representaba el ánimo de transformación, de mejora, de certificación de que la presunta democracia en la que se definía el país lo fuera de veras. Y en una imagen como él, como oposición a la de Nixon, es en la que parecía (en el 2008) querer ahora verse reflejado el país en estos tiempos de cambio. Y recordar es no olvidar. Aunque las relevancia que alcanzó una obra como Slumdog millionaire’ (2008), de Danny Boyle, haga temer en la realización de esa ecuación (se aprecia cierta inclinación a suavizar las aristas, a (re)presentar las desgracias con complacientes edulcorantes).

Hay más coincidencias o conexiones entre ambas obras. Por ejemplo, El apoyo, para la construcción narrativa, en recursos del cine documental. Van Sant reconoce abiertamente la influencia, deuda, o inspiración del documental ‘The times of Harvey Milk’ (1983), de Robert Epstein, y utiliza, intercaladas, imágenes del mismo durante la narración. Además, su estilo, o su narrativa, busca un distanciamiento, o hasta neutralidad tonal, como si pretendiera aplicar la desafección del documental en la ficción.
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La cuestión es si el efecto logrado, más bien, es el de la neutralización, y el de convertirse en una ‘enumeración’ de hechos, dada la construcción elíptica, que abarca alrededor de ocho años, pero sin que ni a nivel reflexivo o emocional adquiera rotundidad alguna, o cuando menos escasa. Y más, cuando, la elección de la construcción narrativa, que se convierte en uno de sus aspectos más destacables, es la del relato a través del propio Milk, sin definición de desde dónde o cuándo, si vivo o muerto. Simplemente, Milk, sentado ante una mesa, de la cocina de su hogar, rodeado de penumbras, dicta o relata en un dictáfono sus recuerdos. Pero, desgraciadamente, esta singular ocurrencia, no encuentra correspondencia en el resto de la narración. Excepto en una brillante secuencia que nos lleva a un segundo singular punto de conexión con Frost Nixon.

Pero antes, reseñar esos aspectos, en 'Frost Nixon', que se apoyan en la construcción narrativa de un documental. Como se sabe, la película está basada en una exitosa obra teatral, también interpretada por unos magníficos Frank Langella y Michael Sheen, de la cual el propio autor, Peter Morgan, ha realizado la adaptación. Y vale la pena recordar que fue el autor de otro sugerente guión, el de ‘The Queen’ (2007), de Stephen Frears, también edificado sobre el contraste entre dos figuras bien divergentes (o quizás no tanto, según cómo se vea, algo más evidente en 'Frost Nixon'). El principal añadido, y uno de sus recursos más ingeniosos, que se ha efectuado, es el de intercalar puntuales fragmentos de intervenciones o comentarios, en un tiempo futuro al suceso que centra la narración del film (la serie de entrevistas que realizó el periodista australiano, David Frost, a Richard Nixon, en 1997), de varios de los colaboradores, de ambos, en aquella confrontación, o más bien, pulso o lid, cuya principal relevancia es que fue la primera vez que Nixon reconoció públicamente su ‘falta’.
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Y ese es el instante al que aludía que posee una peculiar correspondencia con otro momento crucial de ‘Mi nombre es Milk’, y a ambas secuencias las calificaría como lo mejor de ambos Films, por añadidura. En una y otra ambos protagonistas son ‘disparados’ (y aquí me apoyo en la diferente significación que posee, en inglés, ‘To shoot’, ya sea ‘disparar’ o ‘filmar’). Por algún motivo, Van Sant, rompe esa neutralidad en la que discurría ‘Mi nombre es Milk’ y opta, en la secuencia en la que Milk es disparado, y asesinado, por su rival político, Dan White (Josh Brolin), por transfigurar la forma de planificarlo, de modo impresionista, dilatando el tiempo, distorsionando el sonido, y creando un intenso momento lírico, con ese detalle de Milk contemplando, a través de la ventana, el cartel de la opera que se representa, una de sus mayores pasiones. Sí, la equivalencia es clara entre su pasión, que le movió a comprometerse, saliendo de su anodina vida hasta ese momento, y como comentario cáustico de la visceralidad que ‘posee’ a White para decidirse a realizar ese crimen.

Y viendo la emocionada dedicatoria, u homenaje, de los últimos pasajes del film, uno se pregunta por qué hasta entonces no ha dado rienda suelta a la emoción, conteniéndose de tal modo hasta llegar a cortocircuitar a la misma narración. Ya no es que uno necesite evocar la radicalidad narrativa de obras anteriores suyas como las extraordinarias ‘Elephant’ (2003) o ‘Paranoid park’ (2007), pero sin tener que llegar a ello, y dentro de una narrativa más ortodoxa, sorprende el poco riesgo que asume Van Sant, como si, quizás, temiera que el discurso de fondo, su denuncia, apología, y homenaje, no llegara a la conciencia del más amplio número posible de público si no lo hacía accesible. Su voluntariosa, y aplaudible, propuesta acaba sumida en un mar de contradicciones por la timoratas (o ‘discretas’) elecciones expresivas, o quizás, es que colisionen entre sí su poco arriesgada construcción narrativa, además de irregular, con su invocación a la distancia del género documental, quedándose en una indefinida tierra intermedia (del mismo modo que sólo brilla la figura de Milk, poderosamente encarnada por Sean Penn, mientras que el resto de los personajes, y más gravemente, el de White, quedan un tanto diluidos).
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Si las dos obras anteriormente citadas de Van Sant me parecen ejemplo de radical y transgresor cine político (por su aguda manera de transfigurar los modos de representación o mirada) habrá que asumir, o comprender, que había que moderar esa radicalidad para que no hicieran oídos sordos a lo que se pretende transmitir, que como sabemos, ha permanecido invisibilizado en la producción con más difusión comercial ( y es lo mismo que decir que existe o no existe). Como mostrar un pene en erección, y no digamos una felación, el centrar una obra, de modo naturalizado, en alguien con inclinaciones homosexuales, o mostrar a dos hombres besándose, permanecía en el guetto sino de lo incorrecto, en el de lo no deseable de representar y, por lo tanto, asumir como realidad.

El momento crucial de ‘Frost Nixon’ viene además agudamente mediatizado, o comentado, por el colaborador más concienciado de Frost, Reston (un estupendo Sam Rockwell), destacando la relevancia, o rotundidad desnuda, de un primer plano, el de la expresión derrotada de Nixon tras haber reconocido su ‘falta’ o responsabilidad en los desatinos corruptos de su mandato, ‘disparado’, o fulminado por filmación de la cámara que grababa la entrevista que capta ese instante, en el que la máscara del actor deja paso al hombre vulnerable y frágil, en el que el hombre que se autoafirmaba en su imagen de poder dejaba entrever su desamparo. Todo aquello que no habían logrado las constantes acciones políticas lo lograba un primer plano. El actor perdía pie, y quedaba desnudo en el escenario, depuesto incluso ya de la réplica sobre la que apoyarse. Sólo queda el hombre, en la intemperie.
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Como decía, Howard sorprende con su obra más equilibrada, junto a ‘Cinderella man’ (2003), orquestando con habilidad (con una cuidada progresión y continuidad narrativa), y funcional discreción, los ‘factores’ estrella de la función, los actores y la dramaturgia creada por Peter Morgan. Su falta de estilo singular impide que la obra se eleve a mayores alturas, pero, a la vez, facilita, como reverencial intermediario, la accesibilidad a una obra no carente de aristas. Es su limitación y a la vez su valor, porque no cae en esas contradicciones o irregularidades de la obra de Van Sant. Uno de los aspectos más interesantes de la obra es la equiparación de ambos personajes (porque lo son, o les gusta serlo o parecerlo, por encima de su persona) como actores. Frost mismo se reconoce antes ‘Performer’ que periodista.

A Frost lo que le atrae es la popularidad, el nivel de audiencia, lo que una entrevista con Nixon puede suponer como fenómeno mediático, Por eso, se preocupa, o se esfuerza más, en buscar el necesario apoyo financiero, que en documentarse sobre el propio Nixon o sobre la maraña de hechos que dieron lugar a su dimisión (para indignación de sus colaboradores). Eso, inevitablemente, propicia que en los primeros lances de la entrevista, o en sus tres cuartas partes, el dominio del escenario, o del pulso entre ambos, sea de Nixon, curtido ya de sobra en saber cómo lidiar, y utilizar las diversas artimañas de distracción o de derivar sus intervenciones por extensos circunloquios que no llevan a ninguna parte, y que aturden y anulan al contrario. Quien, por otro parte, está más pendiente de la transcendencia mediática que supone la entrevista que de si está siendo vapuleado o desaprovechando una oportunidad de poder dejar en evidencia a Nixon. O cómo éste sabe aprovecharse, además, de la vanidad del primero.

No deja de ser elocuente que, precisamente, un desliz, u olvido, de Nixon (cuando telefonea al primero a altas horas de la noche el día anterior al último lance) sea el que suscite el ‘despertar’, o ‘recuerdo’ de su condición de hombre, es decir, alguien con consciencia y conciencia, en Frost. Porque el mismo Nixon no recordará haberlo hecho. Y es que esa llamada aprieta las tuercas en exceso a Frost, que estaba ya derrotado. Nixon se congratula demasiado en su dominio. Y Frost decide realizar un exhaustivo proceso de documentación que posibilitará, gracias al apoyo crucial de Reston, que sepa cómo sorprender y presionar, hasta ponerle en las cuerdas, a Nixon, y consiga que éste reconozca su responsabilidad en aquellas actividades corruptas, y cómo, por eso mismo, falló, o decepcionó, al americano medio, a la gente de la calle, a aquellos ante los que aún no había reconocido la miseria de su comportamiento, su falacia como representante del pueblo. Frost y Nixon dejan de lado sus máscaras de actores, y dan voz al hombre, uno para encontrar en él a su fuerza, necesaria y combativa, y el otro, para revelar su fragilidad y carencias.

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