miércoles, 24 de agosto de 2011

Greta Garbo y La reina Cristina de Suecia: La voluntad de una mujer indómita

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Apuntes sobre una obra exquisita, 'La reina Cristina de Suecia' (1933), de Rouben Mamoulian:
1. Hay un momento particularmente mágico, memorable, que es pura musicalidad ( o coreografía acompasada a las emociones y sentimientos). Aquella en la que la reina Cristina (Greta Garbo) recorre la habitación de la fonda tocando, palpando, abrazando y asiendo, como si quisiera registrar su huella en sus entreñas, los objetos y muebles, mientras es observada Antonio (John Gilbert), quien le pregunta qué hace,y ella responde que guardar en su memoria lo que ha sido parte de los dos días más hermosos de su vida, los que ha vivido más plenamente, tras hallar ese amor, que ella, escéptica, no creía posible, con el marqués enviado por el Rey de España.
2. Los momentos previos de la primera noche en la que comparten conversación y bebida, mientras él piensa que ella es un muchacho, hasta que, tras que el dueño de la fonda sugiera que compartan dormitorio, se cree una (de nuevo, musical, por su coreografia de gestos,de miradas dubatitativas o desconcertadas) situación desconcertante digna de la mejor screwball comedy mientras se an desnudando, hasta que él advierte las formas de mujer de Cristina tras la camisa, y se acerque a ella, mientras las sonrisas de ambos se fusionan como la constatación de lo que ambos ya intuían, el amor que estaba floreciendo entre ambos.
3. La admirable presentación (definición), en los primeros compases, de Cristina y su circunstancia. Su ilustrada condición ( madruga mucho para poder encontrar un hueco en el que poder saciar su sed de lectura, por ejemplo,Moliere, dado que su día está secuestrado por sus obligaciones de reina); su naturaleza expansiva, nada encorsetada ( cómo al levantarse sale a la terraza con escaso atavío para refrescarse felizmente con la nieve); su mente abierta, flexible ( cómo cuestiona las cerril cerrazón del sacerdote luterano que no quiere permitir la contratación de extranjeros para impartir clases en la universidad de Upsala: para ella lo peligroso no es dejarse 'contaminar' por lo extranjero, lo 'otro', sino la ranciedad de lo cerrado). Y, por supuesto, la colisión entre las emociones, su condición de mujer, y el deber, su condición de reina. Todos, sean sus asesores o los representantes del pueblo quieren que sea aquello que 'representa', aunque eso implique sacrificar sus emociones. Añádase a aquellos como su amante, el conde Magnus, mero arribista, que aboga porque se pliegue a su deber por mera conveniencia. Y no tendrá reparos en conspirar sin escrúpulo alguno, soliviantando al pueblo con su cerrazón purista para que salga a las calles, indignado, para protestar contra el amante español, ya que el trono lo tiene que ocupar un sueco. Pero Cristina, indómita, se enfrentará a unos y otros, abidcando, desprendiéndose de lo que 'representa', para afirmarse en su condición de mujer, en lo que ella siente, quiere y ama, como bien 'reafirma' ese celebrado travelling final, en el navío en el que abandona el país, hasta un primer plano su rostro en el que brilla el viento de la insurrecta determinación.

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