jueves, 20 de enero de 2011

Todo o nada

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En la secuencia catártica de 'Todo o nada' (2002), de Mike Leigh, dos personajes de esta hermosa obra coral, Phil (Timothy Spall) y Penny (Lesley Manville), matrimonio, revelan al otro cómo se sienten de aislados. O dicho de otro modo, uno y otro toman consciencia de que el otro se sentía igual. Leigh hace narración (o la orquesta de modo impecable) de ese aislamiento, de esa crispada distancia, enhebrada con cansancios vitales, frustraciones, reproches e incomprensiones, en la que están sumidos los diferentes personajes en esa atorada dinámica inmóvil de relaciones, eso que se puede denominar violencia cotidiana, hasta derivar en esa catarsis que implica el tomar consciencia que el otro siente las mismas carencias de uno. O al menos en estos personajes, ya que no 'cierra' todas las tramas, o no todas las subtramas de la que está compuesta la narración derivan en esa catarsis, sino que se mantienen en esa suspensión irresuelta. Significativo es que sea una circunstancia extrema, la amenaza de una tragedia posible (el amago de infarto del hijo), la que posibilita ese 'encuentro' entre personajes que compartían 'habitación de vida' pero que vivían en la distancia. Phil vivía en una especie de ausencia en precipitación, encorvado (como su mismo cuerpo expresa) en su insatisfacción y hastío de una vida que ve pasar, como en su trabajo de taxista, él mismo pasajero de una inercia, que se va encorvando porque ya no siente afecto sino reproches por parte de su esposa, así como testigo del propio abandono de su hijo, en su obesidad y en una permanente lid con su madre. Sólo la silenciosa presencia de la hija parece dotar de algo de equilibrio del hogar, talante que se ve reflejado en su dedicación a los demás, limpiando las habitaciones en un geriátrico.
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Alrededor, habitan otros personaje, en esa colmena de edificio de piedra que refleja cerrazón, congestión, en desencuentros generacionales o de parejas, rituales que son fugas, embrutecimientos para olvidarse, gritos pero no susurros. Leigh carga su narrativa de tensión, hasta hacerla opresiva, pero rehuyendo la afectación, el tremendismo, lo que hace que sea más efectiva, como operación quirúrgica de mirada despierta, sin vaselinas ni complacencias. Como en la prodigiosa 'Secretos y mentiras' (1996) la misma narración hace cuerpo de ese tránsito o transformación ( alquimia) de la cerrazón a la apertura, y su contraseña o llave es el compartir, el revelar lo que se siente sin estar enquistados en su propia trampa de aislamiento (la sinceridad como terapia o catarsis; aunque nada que ver con lo confesional como conveniencia o autocomplacencia). Es la ruta hacia al otro lo que libera, y la consciencia de que el otro es uno. El cine de Leigh se asocia con la improvisación, ya que no trabaja con un guión establecido férreo sino que va elaborando personajes y situaciones con los actores.
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Pero sus estructuras son de las más afinadamente elaboradas del cine actual, como su narrativa de afiladas elipsis, de transiciones que son fisuras ( personajes en su soledad, en suspenso). Creando tensión con el montaje interno, con las relaciones de los personajes en el encuadre (en el taxi, con Phil en primer termino y los pasajeros al fondo), o si es a través de plano y contraplano, establece una tensión entre las miradas y las palabras, entre lo que no se dice y lo que se dice. En su cine no hay nada accesorio, y crea una sensación de realidad, descarnada, a través de una sutilmente elaborada dramaturgia de afiladas resonancias alegóricas, como su narración es un proceso alquímico de la congestión a la liberación, de la emoción encorvada al abrazo. De la nada al todo.

‎'Todo o nada' (All or nothing, 2002), es una extraordinaria obra, de catártica narración, del gran cineasta británico Mike Leigh. Crucial es la exquisita colaboración de Andrew Dickson en la banda sonora y Dick Pope en la dirección fotógrafica, con esa iluminación que parece pesar como el interior de los propios personajes, y que los hace parecer emanaciones de un pétreo espacio urbano hostil. Una obra luminosa en su trayecto desde las oscuridades del aislamiento emocional, de las relaciones sostenidas sobre la distancia ajena.

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