domingo, 12 de septiembre de 2010

Código 46

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Ciencia ficción de los sentimientos. Una sensación de ingravidez alienta el fluir de la narración, como unos sentimientos y sensaciones que no acaban de cuajar en un universo ‘reglamentado’ que no los dejara liberarse. ’Codigo’ 46 (2003), de Michael Winterbottom, no es una película de ciencia ficción convencional, como tampoco lo era su aproximación al paisaje del western en la también excelente ‘El perdón’ (2000). No es el argumento o la trama la que cobre más peso, no, lo que guía es una música de emociones, casi como una trip hop movie ( a lo que ayuda la envolvente música de Free association en impecable armonía con las imágenes), una música en diálogo con un espacio. Un espacio de ciencia ficción, en cuanto es futuro, pero en mayor medida en cuánto simbólico, como si fuera un espejo de nuestro tiempo. Pero tampoco el discurso, su aparato alegórico, se obvia demasiado, entretejido en esa narración ante todo atenta a los momentos y emociones en juego. El argumento es sencillo. William (Ton Robbins) es un investigador que posee una cualidad, la empática, y es enviado a una Corporación, ‘La esfinge’, encargada de dar los pases o ‘papeles’ legales para que uno puede trasladarse a otras ciudades, y hay quien los está emitiendo o facilitando, desde dentro de modo ilegal. Sí, este mundo ya no está hecho de fronteras de países, sino delimitado entre un espacio privilegiado, estas ciudades del futuro, y un ‘afuera’ en el que viven los no privilegiados, que desean acceder al primero. No es casualidad que la representación de éste, aunque sea un espacio colindante a una de esas grandes megaurbes como Shangai, tenga la apariencia de un desértico espacio árabe.
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Un apunte de diferenciación sin énfasis que nos habla de cómo hoy en día existen esos espacios tan contrastados. El espacio de las megaurbes está tejido por un rígido control de sus componentes, ya desde su misma fecundación in Vitro, donde la clonación es parte de una realidad. Otro apunte sobre la impersonalidad de nuestra sociedad occidental, con una particularidad añadida, el citado Codigo 46, y es que nadie que comparta con otro aunque sea un 25 % de sus genes puede iniciar una relación reproductiva. Otro comentario sutil sobre este mundo de xenofobia o racismo que no acepta aún la mezcla de razas o etnias, por considerarlas inferiores, o elementos molestos; cada uno en su sitio. Una paradoja en un mundo donde precisamente la identidad se está diluyendo, en esta impersonalidad extendida, pero donde se pretende sentir la ilusión de identidades diferenciales, privilegiadas, claro. Ironizado también en la película, pues el inglés que se habla tiene injertos de otros idiomas, sobre todo el castellano, pero también expresiones francesas o pekinesas. Una lengua mestiza que no acepta el mestizaje ‘genético’. Y es que la posición, en el entramado de detentaciones de poderes y privilegios, siempre será la dinamo de la sociedad. William conoce en ‘La esfinge’, en el desarrollo de su investigación, a una mujer, Maria Gonzalez (Samantha Morton). Sabe que ella es la que falsifica esos ‘papeles’, pero se enamora de ella, y durante un día viven un intenso romance. Ella no quiere que se vaya, pero él debe volver, a su ‘casilla’, a su familia y trabajo.
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La trama da un giro cuando él vuelve, dado que como era de esperar su empresa descubre su ‘error’, pero le cuesta encontrarla, hasta que descubre que por haber quedado embarazada de alguien con el que comparte material genético, o sea él, no sólo le han interrumpido el embarazo sino que le han borrado de su memoria los momentos que compartió con él. Otra paradoja, que resalta la voz en off de María, que guía la narración, también detalle que incide en esa efusión ante todo emocional que guía la narración, pues puede ser desde su evocación sentimental:¿Cómo echar de menos a quien no recuerdas? Claro que aunque no recuerdes, y hayas sido manipulado, la atracción debería saltar de nuevo. Y se sucede una segunda oportunidad, en la que él ahora está dispuesto a romper con su ‘casilla’, abriéndose, juntos, hacia un afuera, el espacio aún no reglamentado, aun no privilegiado, pero en donde las emociones puedan expresarse libremente. Paradojas si consideramos que el mundo occidental es el considerado ‘mundo libre’. Winterbottom incide en esa captación de instantes, como hacia en aquellos ‘apartes’ en la estupenda ‘Wonderland’ (1999), allí musicalizados por Michael Nyman, como fugas emocionales de los corsés de una realidad condicionada. La narración se fragmenta en esos instantes, rompiendo raccords en secuencias, buscando el pálpito de la respiración de esos momentos, ya sea caminando por la calle, bailando, esperando en el aeropuerto, privilegiando, en suma, la emoción y las sensaciones, el fluir interior, que puede ser el de la evocación de ella, como el de esa colisión entre un mundo tan ‘controlado’ y controlador y unas emociones que no logran expandirse. Pero por unos momentos lo logran. Ese es el mayor merito de esa sugerente película, hacer de las emociones y sensaciones música, al fin y al cabo, el acto más transgresor en este mundo tan codificado y compartimentado, cual Esfinge impenetrable y ‘deshabitada’. Pueden parecer que brotan en una atmósfera de ensueño, pero es cuando estamos más despiertos…

‎'Código 46' (Code 46, 2003), de Michael Winterbottom,con guión de Frank Crottel Boyce, es una de las más sugestivas y singulares obras de ciencia ficción de esta década, un exquisito ejemplo de cine sensorial, aunque sus cimientos estén construidos sobre una sutil y crítica construcción alegórica sobre estos tiempos en donde la impersonalidad y el control subordinan al mestizaje y a la emoción espontánea. Una de las más destacadas de este heteróclito cineasta inglés, del que vale la pena recordar, sobre todo, 'El perdón', 'Wonderland' o '24 hour party people', aunque interesantes también son, por ejemplo, 'El beso de la mariposa', 'Jude', 'Tristam Shandy', 'A mighty heart' o 'Welcome to Sarajevo'

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