jueves, 17 de junio de 2010

Psicosis

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Jaulas. Marion (Janet Leigh), en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock, se siente prisionera de una vida frustrada, atrapada en unos límites que impiden que realice sus deseos. No se siente a gusto con su trabajo de secretaria, ni con su clandestino romance con Sam (John Gavin). En la primera secuencia, la cámara realiza un movimiento desde las alturas de una ciudad hasta la ventana de un edificio, un hotel, un lugar de tránsito que se asemeja a un bloque de nichos. Un espacio anónimo, intercambiable, como la propia vida de Marion, inmovilizada en la red de la invisibilidad que desea rasgar para dejar de sentir que su presente no es sino un futuro largamente aplazado.
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Desvíos. Marion decide robar un dinero que ha dejado un cliente en la oficina, y tomar la vía fácil y rápida, un desvío o atajo en su vida, para sentir que toma las riendas de la misma, que tiene el control. Y huye de la ciudad en su coche. Un viaje en busca de un destino que no sea determinado ni conducido por otros. Claro que aparece el miedo. La posibilidad de que la detengan por su acto ilícito. El miedo a las gafas ahumadas de la ley (representada en ese policía de carretera que hace detener su coche). No hay mirada en la ley cuando castiga, es tan impersonal como implacable. Y el miedo se hace remordimiento, cuando el temor a las consecuencias de su acto impulsivo empieza a calar en ella. No hay lugar seguro donde esconderse. No deja de sentir que el incierto ojo de la ley puede descubrirla como infractora en cualquier momento. Se siente expuesta cual pájaro a cielo descubierto en la mira del cazador. En la oscuridad de la carretera toma un desvío. Y decide alquilar una habitación en un aislado motel, sin clientes, como si fuera la tenebrosa encarnación de los miedos que consumen su mente. El dueño tiene unos inquietantes rasgos de pájaro, Norman Bates (Anthony Perkins). No es un refugio sino el abismo que ella misma se ha creado.
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Caos. Marion conversa con Norman en la salita de la oficina, mientras cenan. Las paredes están decoradas con pájaros disecados. Esas presencias taxidérmicas oprimen el encuadre sobre los personajes. Durante la conversación, Norman alude a cómo los humanos se sienten atrapados en una jaula, en la que forcejean por querer escapar. Marion se siente como si escuchara la siniestra voz que la revela en su desesperado e irreflexivo acto. Y en su irreversible condición de pájaro disecado. Y siente miedo de la libertad. Indefensa en la incertidumbre de un cielo, de una vida, en la que puede sucederle cualquier cosa. En su jaula se sentía al menos segura. Y ahora el castigo puede caer sobre ella en cualquier momento, como inmisericorde espada de Damocles, insensible a sus necesidades y motivaciones. Decide devolver el dinero. Decide volver a los confortables barrotes de su jaula. Pero es demasiado tarde. Un ojo la observa a través de la pared, su miedo y su culpa, encarnadas en lo siniestro. Su invisibilidad se ha convertido en una visibilidad vulnerable. Vivía oculta en su anonimato, y desnuda, muere. El ojo ciego de la bañera arrastrará la espiral de su irreflexión, su mirada vidriosa, ahora muerta, y ya definitivamente ausente, más ausente de cómo se sentía en vida.
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El impulso de huir de la jaula en la que Marion siente que habita, cual pájaro disecado, no la libera de esa trampa, sino que le crea otra, o se la crea ella misma, la del miedo, el miedo al castigo, y, ante todo, el miedo a una inseguridad permanente.Marion la lleva consigo aunque huya. Y el 'desvío' que toma la enfrenta a una jaula que no se ve capaz de abandonar. La torva sonrisa de Norman, ya capturado, preso definitivamente de su locura, mientras en su rostro se superpone la imagen de una calavera, insinúa que los desvíos no llevan a ninguna parte ya que el caos ya habita entre nosotros. Y, por nuestros miedos o inconsciencias, puede acabar dominándonos. Y del fango de las arenas movedizas extraen el coche de Marion, el cuerpo del delito. O los ya únicos residuos visibles de la acción desbocada de quien ya no es siquiera cuerpo presente. Barro somos, y caos germinamos.
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Pájaros disecados, pájaros desbocados impulsados por un rapto de agresividad. Atendiendo a su simbolismo podemos descubrir singulares conexiones metafóricas entre dos obras consecutivas de Alfred Hitchcock, Psicosis (Psycho, 1960) y Los pájaros (The birds, 1963). O cómo el caos se genera por nuestra inconsciencia y nuestros miedos. 'Psicosis' (1960), de Alfred Hitchcock, es otra portentosa inmersión en lo siniestro, en las jaulas que los seres humanos se crean con sus miedos, en los fantasmas o monstruos que éstos crean. Sentirse invisible, sentirse expuesto. La riqueza expresiva del juego con la mirada, con los ojos, a lo largo de la película. Y la portentosa música de Bernard Herrman. Y la madre terrible, que también tendrá sus variaciones en las de 'Los pájaros' y 'Marnie, la ladrona' (1964)

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