jueves, 24 de junio de 2010

Charlotte Rampling, corazón de noche

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Si me tuviera que quedar con una interpretación de Charlotte Rampling sería la que realiza en una de las grandes obras de Sidney Lumet, 'Veredicto final' (1982). En la relación que se establece entre ambos tiene algo de naúfragos que se agarran a una quebradiza boya, sensación que no se difumina en la descarnada secuencia final, porque sabemos que al desprenderse de una máscara, la de haber propiciado la relación por intereses de la fiscalía, realmente bajo ella sí late un sentimiento verdadero. También es cierto que estamos en el territorio del mejor Lumet, uno de los cineasta que han sabido retratar con más agudeza, y menos complacencia, las complejidades y contradicciones de las relaciones. Hay mucha más turbia desazón en esta relación que en otras obras que portan el estandarte de la provocación, o que incurren en el efectismo más rudimentario cuando transitan lo siniestro, caso de cineastas cuya obra poca relación tiene con la sutilidad como Liliana Cavani o Alan Parker, en 'Portero de noche' (1974) o 'Corazón de ángel' (1987). O el más flojo Visconti, el de la mortecina 'La caída de los dioses' (1969), obras sin la mordiente, ni el 'cuerpo', de la de Lumet. También prefería su trabajo en una obra subavalorada como 'Las alas de la paloma' (1997) de Ian Softley, a obras a las que parece pesar la pretenciosidad caso de 'Zardoz' (1973), de John Boorman, o que se quedan en las superficie ornamental del relato como la adaptación de la obra de Raymond Chandler, 'Adios muñeca'. En los últmos años ha demostrado sus cualidades interpretativas en obras como 'Bajo la arena' (2000) o 'Swimming pool' (2003), de Francois Ozon, un cineasta que parecía tomar el relevo a aquellos cineastas de la provocación de finales de los 60, principio e los 70, aunque, afortunadamente, son obras no exentas de interés.

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