miércoles, 28 de abril de 2010

Lo visible y lo invisible

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Visible, al fin, el cine del alemán Rudolf Thome. Veinticinco obras en cuarenta años, invisibles en nuestras pantallas comerciales. Un título que, según sus palabras, condensa toda su obra. Ese incierto espacio de los sentimientos y relaciones, esa tensión entre la conducta y lo que se dice (incluso a uno mismo), y lo que se siente. El estilo es, a su vez, engañosamente frontal. Su sintética y esquiva prosa, tan exacta como sus rimas simbólicas de gestos y situaciones, se impregna de una táctil poesía, entre elípticas transiciones y largos planos sostenidos, en donde los movimientos de cámara insinúan esas invisibles corrientes de las emociones. Pero ¿cómo se habitan las propias emociones, y cómo se conjugan con las de los otros? En 'Lo visible y lo invisible' (2008), Marquard y María son una madura pareja de pintores. Lo que visibilizan en sus lienzos evidencia lo que les falta. Escindidos entre los residuos de lo que no pudo ser, o ya es demasiado tarde, y lo que anhelan aún materializar. Él se ‘pinta’ con una imagen de rebelde, motero con ropas de cuero. Con intemperancia despectiva, ante la tramoya de la cultura, al recibir el premio Gauguin, tras llegar tarde y ebrio. Un travelling, que cruza por una columna, insinúa que no es lo que aparenta, cuando, al volver a encuadrarle, su actitud es otra, más ‘natural’. Aquella que se entregaba a su pintura como una aventura de ilusión, pero que se ha ido desgastando por el camino. Por su parte, María se pinta, literalmente, los labios como un payaso. Siente que ha perdido la dignidad, cediendo demasiado en la relación. Luego se pintará el rostro como un indio, ya que está en guerra, decidida a apostar por sí misma. Vende cuadros de caballos para ganar dinero, aunque simbolicen lo que le gustaría ser, la emoción libre. Como las cabalgadas que él realiza con su moto.
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Ambos anhelan encontrar sus ‘Mares del sur’, como Gauguin. Escisiones y contrastes. Los personajes miran a un horizonte, que permanece invisible. O son encuadrados abrazándose en la orilla de un mar o río. La narración, en los primeros compases, avanza en una deriva crispada, irresuelta, como los mismos personajes. En el último tramo, tras que él pinte un aspa en un lienzo, cerrando una etapa de su vida, se distiende, y fluye serena, con el viaje con su hija, en el que se juran no pronunciar palabra. Un cine tejido sobre sutilezas, donde lo no dicho, o sugerido, va adquiriendo más cuerpo que unas imágenes, o apariencias, más inciertas de lo que parecen.

'Lo visible y lo invisible' (2008), de Rudolf Thome, una estupenda obra que aunque se estrenara fue tan 'invisible' como la obra anterior no estrenada de este cineasta alemán, tan de tapadillo y fugaz pasó por nuestra cartelera. Una obra, que con sutil precisión, refleja lo complicado de hacer visible, o articular, lo que se siente, incluso para uno mismo.

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