martes, 19 de enero de 2010

Mi tio

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Monsieur Hulot vive felizmente exiliado en el cine mudo, o en el de la niñez si se quiere ver de otro modo. O el de esos jubilosos perritos que corren alborozados entre el asfalto, las campas, las casas diseñadas como autómatas y las ruinas de ladrillos de casas de otros tiempos, esos en los que aún vive Hulot, el espacio de la naturalidad, ajeno a las apariencias, a los botones, a la impersonal producción en serie de objetos y personas, como esas mangueras que por su ingenua torpeza aparentan salchichas. Y es que Hulot es un ingenuo subversivo sin quererlo que trastoca un mundo tan cosificado como adusta y severamente rígido (ese de las carrasperas mientras se engola la voz para hablar con un superior o un empleado). Hulot, como lo traviesos niños, provoca colisiones, resquebraja el ordenado parterre del valor de imagen. Con él los chorros de agua ya no salen de las esculturas de peces de ornamento sino de la tubería rota que él ha pinchado accidentalmente. La naturalidad además propicia el afecto, y destierra las distancias, como revela el gesto de su sobrino al fnal cuando coge la mano de su adusto padre tras realizar la primera travesura juntos.

'Mi tio' (1958), de Jacques Tati, es una coreografía en un mundo transfigurado, que refleja el choque entre un mundo atrofiado en la tecnología, en la distancia, en la automatización, y en el envaramiento de esa presunción de adulto que es el ser servil a la imagen conveniente, y otro mundo, que es el de la vivacidad, el desapego de un barrio dominado por el griterio, las carreras, las borracheras compartidas,donde los barrenderos no acaban de realizar su trabajo imbuidos en encendidas discusiones. Tati, un puente entre Keaton o Chaplin y El guateque de Edwards, llevó la comedia a sus más altas cotas e hizo de la risa y la ingenuidad jubilosa transgresión.

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