miércoles, 13 de enero de 2010

El gatopardo

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El príncipe Salina (Burt Lancaster) desaparece en las sombras de un callejón en el último plano de 'El gatopardo' (1963). Abandona el escenario de la vida, que será dominado, como vaticina, no por gatopardos sino por hienas y chacales. Salina representa la integridad, cierta aristocracia del espíritu, en unos tiempos de transformación en los que toma el relevo en el poder una clase capitalista vulgar pero rica. Transige para que sus herederos, en concreto, su sobrino Tancredi (Alain Delon), se beneficien de la adaptación a otras formas de poder. Sabe que se acerca su decadencia, no sólo por edad, porque siente que ya envejece, sino porque su tiempo, su época, se acaba, y hay que hacer concesiones. Negocia con la realidad y se sacrifica. Su destino es convertirse en una errante sombra fuera de lugar, como revela ese movimiento descentrado en la secuencia final de la fiesta en El gatopardo, como si ya no supiera donde ubicarse, fuera de lugar, ya vacilante, como vela que se apaga, en su extrañamiento de un mundo al que ya no reconoce. Ausente, o desplazado, del escenario de la vida, como así parecía sentirse el propio Visconti. Al principio, en las estancias de la mansión de Salina destaca una pintura con la figura de Apolo. Lo apolíneo no tiene cabida en una realidad que se contempla sórdida, vulgar y carente de principios morales elevados.

'El gatopardo' (1963), con un inmenso Burt Lancaster, Alain Delon y Claudia Cardinale, es la culminación del cine de Luchino Visconti, y marca, a mi parecer, una frontera en el grado de calidad de su cine. Hasta ese momento ha realizado obras del calibre de Senso, Rocco y sus hermanos, La terra trema, Obsesión o Noches blancas. A partir de entonces, su estilo parece perder en parte su refinamiento, como El extranjero o sobre todo La caída de los dioses, o perderse en un esteticismo que lima las aristas de sus poderosas dramaturgias, caso de Muerte en Venecia o Ludwig. Aunque, en buena medida, lo recuperará en El inocente. El gatopardo es un prodigio de elegancia, de depuración apolínea, y una incisiva reflexión sobre unos tiempos en tránsito, sobre los cambios de escenario establecidos sobre alianzas y conveniencias.

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