lunes, 2 de noviembre de 2009

Pickpocket

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Robar es un acto de desobediencia contra un mundo que no reconoce las mentes especiales. O así se ve Michel. Como se siente un fantasma que aún no logra habitar el mundo, como su despojada habitación en la que dominan los libros, su mente. Robar carteras es buscar el tomar contacto con el mundo, el querer sentirse presencia. El cuerpo que es reconocido, porque el tacto es el umbral en el que nos realizamos.

Puede parecer una contradicción, pero Pickpocket (1959), de Robert Bresson, se sostiene sobre una paradoja que es revelación. Es una fantasmagoría que logra conjugar acción y esencia. El espacio está contenido en el encuadre, porque el encuadre es el que revela y define. Cada gesto, cada elemento del decorado, como un diseño de sonido que rehuye el naturalismo, es parte de un conjunto que dota a la forma de realización. Lo concreto se funde con lo abstracto. El tiempo se hila con una musicalidad que proviene del interior, de una forma de habitar el mundo, o de sentirse extaraño a él, Las acciones son coreogradías en la que la materia pugna por concretarse, su transcendencia es que un ánimo se destila e su concreción. La representación del mundo depende de la mirada, y las hay que lo revelan.

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