jueves, 22 de octubre de 2009

El tren de las 3'10, El último tren a Gun Hill y Solo ante el peligro

La espera del tren anunciado, la espera que es tensión y confrontación entre fuerzas, representaciones y actitudes opuestas. La llegada del tren es la materialización del duelo anunciado, su resolución. Civilización y barbarie, ley y justicia, orden y caos, progreso y primitivismo se dirimen durante el tiempo de espera. Algunos renombrados o destacados westerns centraron su trama en esa espera de un tren que dilucida con su llegada un conflicto. El más afamado, y popular, es 'Solo ante el peligro' (High noon, 1952), de Fred Zinneman. Pero hay otros dos, que no han ingresado en la icónica mítica del género, y que considero netamente superiores, como son 'El tren de las 3'10 (1957), de Delmer Daves, y 'El último tren de Guh Hill' (1959), de John Sturges. Dos poderosas obras que merecen reseñarse en cualquier antología del wetern, y que se constituyen, además, en epítome de la década dorada del mismo.


'Solo ante el peligro' se diferencia, de entrada, en un matiz con respecto a los otros dos. El tren que se espera llegue al mediodia (high noon) trae a unos forajidos que pretenden ajustar cuentas con el sheriff Kane (Gary Cooper). Si este representa la ley y orden cabal, aquellos son el emblema de la imposición de la ley del más fuerte. Aspecto en el que coincide con 'El último tren de Gun Hill', en la que el sheriff Morgan (Kirk Douglas) llega a Gun Hill para detener a los violadores y asesinos de su esposa. La casualidad es que uno de los dos asesinos es hijo de un antiguo amigo suyo, Belden (Anthony Quinn), próspero ranchero latifundista, y ante todo, cacique. El impone su ley. El mismo representante del orden del pueblo se lavará las manos, no implicándose en la detención. Morgan, como Kane, se enfrentarán no sólo ante esos representantes de la barbarie y detentadores de la ley del más fuerte, sino tambien a la casi unanime indiferencia o temor del pueblo, los cuáles prefieren plegarse al tirano que unirse en nombre de la justicia y la civilización.

Aspecto que pone en evidencia los claroscuros del progreso, y de la supuesta civilización, y cómo es el empuje disidente y resistente de unos pocos, los que pueden potenciar un progreso real, firme y digno. El colectivo se revela como una masa sin personalidad que se deja zarandear por las fuerzas que establecen su dominio. Barbarie y civilización ven cómo sus fronteras son muy difusas.
Además, hay otro elemento añadido en esta ecuación en la cinta de Sturges. La esposa asesinada de Morgan era india. Se amplifica el concepto de civilización contra barbarie. Aspecto en el que coincide con otra obra de Sturges, ya comentada, 'Conspiración de silencio' (1955), un western moderno en el que un forastero se baja del tren en un pueblo perdido en el desierto en el cuál ese tren no se había detenido en años. Y destapa las miserias de otro caciquismo que llegó a asesinar a otro habitante del pueblo, un japonés, por considerársele un enemigo, mientras su hijo combatía con las tropas estadounidenses. La ironía es que el protagonista venía a dar a su padre la medalla al valor que le concedieron antes de morir. El racismo es parte de la barbarie.

Lo que se dirime en 'El tren de las 3 10' posee otras resonancias, que, por no haber dejado de ser actuales, quizá por ello ha propiciado el reciente remake realizado por James Mangold. ¿De qué es capaz uno para progresar y superar las precariadedades? ¿Seguir la vía fácil que es la de la depredación, tomar lo que se quiere sin contamplaciones, o afirmarse en la honestidad, en la espera de la recompensa por el trabajo realizado, sin dejarse tentar por la corrupción, por desesperada que sea su situación?. El territorio en el que se mueve la obra de Daves es más movedizo. Evans (Van Heflin) es un humilde ranchero que ve cómo, por la larga sequía que están sufriendo en la zona, su situación linda ya la catástrofe inminente, y además, de él depende una familia. Y no consigue ni préstamos. Como solución de urgencia, para conseguir el dinero que necesita, se compromete a escoltar a un forajido detenido, Wade (Glenn Ford) hasta otro pueblo donde esperar la llegada del tren que da título al film, con la amenaza latente de la aparición de la banda de Wade para rescatarle.

Ben Wade se diferencia como reverso, de los determinados heroes, con respecto a los de las otras dos películas. Es un personaje más matizado o ambivalente. Sí, es aquel que ha decidido recurrir al bandidaje para conseguir lo que necesita, sin sufrir los esfuerzos y las contrariedades a las que se puede ver sujeto alguien que depende sólo de los frutos de su trabajo, como Evans. Pero tiene una personalidad cautivadora, la del encanto de un mundo posible más allá de las miserias o rutinas cotidianas. Ejemplificado, primero, en las líricas y hermosas secuencias de su fugaz romance con la cantinera, Emmy (Felicia Farr), mujer atrapada en ese apartado lugar del mundo sin esperanzas en su horizonte. Con concisas y delicadas pinceladas Daves nos hace sentir la intensa conexión que se da entre ambos personajes, a través de una sutil coreografia de gestos, y de la justeza de sus encuadres, en los que se palpa el fuera de campo de lo que sienten, carecen o aspiran, ambos personajes.

Como contraste, o amplificación reverberante, destaca el efecto que su presencia suscita en Alice (Leora Dana), la esposa de Evans, cuyo rostro se ilumina con los relatos de Wade sobre la vida en San Francisco. Hay, de nuevo, otra vida más allá, y que encarna Wade, que anhelan o añoran estos personajes cautivos en una vida desertizada. Y Daves los refleja con una admirable sutileza y capacidad de condensación. Y, al hilo de estas emociones que tejen la narración subterráneamente, no hay que dejar de destacar el uso de la canción con la que se abre el film. Resuena a lo largo de la narración, con variaciones, no sólo en la misma banda sonora, sino silbado por alguno de los personajes. Quizás uno de las más bellas tonadas que ha dado el género, junto a la que da título a otra obra de Daves, 'El arbol del ahorcado' (1958). De nuevo, para mi gusto, por encima de la más afamada de 'Solo ante el peligro'.

Precisamente, en sutileza es en una de las cuálidades en las que la obra de Daves supera a la de Zinneman, como en su más afinada modulación narrativa, cómo va cargando de tensión el relato, alcanzando su culminación en las modélicas secuencias de la habitación del hotel, entre Wade y Evans, en las que el primero tienta, casi con éxito, al segundo para que se retire, y más cuando se va quedando solo, abandonado por los demás, y acepte el cuántioso dinero que le ofrece. Evans como Kane tienen sus momentos de duda. Ambos ven cómo algunos niegan el apoyo, por conveniencia, mezquindad hipócrita o miedo, o se van retirando cuando ven que el éxito de la misión cada vez parece menos posible, al verse en desventaja númerica. En el rostro trasegado de Evans se delinea claramente cuán dificil le está resultando el no ceder a la tentadora oferta del artero Wade.

Daves sabe cómo crear tensión con la planificación, o a través del montaje interno del encuadre. y rehuye el énfasis. Zinneman, por contra, busca recargar la tensión con recurrentes planos de relojes que van señalizando el paso del tiempo. Daves tambien los realiza, pero son los justos. En 'Solo ante el peligro' llegan a saturar. Y ponen en evidencia cómo no sabe crear esa tensión a través del montaje y de la planificación, demasiado escénica. O demasiado dependiente de guión. Escenifica más que secuencializa.

Quitando algunos instantes, como aquellos que contrastan dentro del encuadre, o a través del montaje alterno, las figuras de Kane y su ayudante, el cual se debate entre el orgullo de no verse reconocido por Kane y la pulsión de sentirse cobarde a ojos de los demás, o aquel retórico, pero eficaz, plano en picado con grua que sitúa a Kane solo en mitad de la calle desierta, el conjunto de la narración avanza pesadamente, acartonada. Demasiado dependiente de la carpintería del discurso. Al contrario que en la obra de Daves, todo parece demasiado inferido, demostrativo.

Kane tambien duda, y está a punto de ceder y abandonar su puesto, pero esta cualidad de heroe más matizado o vacilante, con contrastes, colisiona en demasía con un relato demasiado mécanico trazado por los diversos episodios que reflejan su confrontamiento con los otros habitantes del pueblo que le explican sus razones de por qué no le apoyan, y cómo incluso aceptarían que los forajidos retomaran el poder, para así evitar un conflicto violento que deterioraría la imagen del pueblo, ahora que está adquiriendo una prosperidad, que se necesita seguir alimentando para que progrese el enriquecimiento. La conveniencia es parte medular de los sótanos de la civilización. Lástima que las rugosidades de su discurso (con referencias a su vez a las inquisidoras y oscurantistas actividades del comite de McCarthy que se sufría en la industria del cine en aquellos años de persecución al que fuera, o pareciera, comunista, por sus ideas progesistas) no encuentre correspondencia en una narración desvitalizada, que avanza a trompicones.

Por contra, Morgan, en 'El último tren de Gun Hill' no necesita recurrir a ningún apoyo. El se basta y se sobra, tal es la furia de indignación que le domina, y la convicción de que la justicia está de su lado, aunque se enfrente con una ley no escrita, la del que ha construido su imperio sobre la ley del más fuerte, que siempre ha conseguido que se complazca lo que desea, a su libre arbitrio. Y como en 'El tren de las 3 10' el último tramo de la narración transcurre, en buena medida, en la habitación de un hotel. En la que Morgan se ha parapetado junto a su prisionero, el hijo de Belden, mientras este intenta convencerle que le devuelva a su hijo.
Belden es alguien acostumbrado a que todos y todo se subordine y pliegue a su voluntad. El saturado decorado de su salón lo define, cargado de elementos que insinúan esa condición viril primitiva que ha hecho de la depredación, la pulsión del dominio, y la satisfaccón del instinto, guía de conducta y base de su poder.

Con tal modelo, no es extraño que su hijo, cual niño malcriado, piense que el mundo está a sus pies, y pueda conseguir lo que le apetezca, o lo que su instinto demande, y llegué a violar y matar a una mujer, que además desprecia por que 'sólo era una india'. Por mucho que su padre le repruebe, en parte porque era la esposa de su amigo, esta actitud, es consecuencia de lo aprendido bajo el modelo de su imagen paterna.
Esa amistad pasada, entre Belden y Morgan, enriquece este duelo, dotándole de emociones encontradas, donde se hace más dificil conducirse no sólo por el juicio, sino por la emoción, ya que está se encuentra en conflicto en Belden. Entremedias, está el único personaje que es capaz de enfrentarse tambien a éste, Linda ( Carolyn Jones), su enamorada amante, que sabe superponer su sentido de la justicia al sentimiento.

Inolvidable es el momento en el que Morgan, con su escopeta apoyada en el cuerpo del hijo, le explica, con contenida furia, lo que siente alguien, paso a paso, cuando le ahorcan. Un sobrecogedor momento que refleja cómo Sturges dota de crispación al relato, apoyado tambien en una fotografía pregnante, que parece que suda, de colores vivos saturados, entre el rojo y los marrones y el negro. Como una noche que parece que pesa, donde las sombras se tensan con el conflicto en juego. Y, por ello, no sorprende que el fuego haga su aparición en el último tramo, con el incendio del hotel. Pues las llamas del instinto y de la justicia se debaten como fuerzas cósmicas de la tragedia griega.

Si la violación y muerte de la esposa de Morgan tenía lugar cuando persiguieron a su carromato hasta que éste volcó ( a retener ese plano en el que interpuesto sobre los violadores se destacan los radios de la rueda; quizás la rueda del destino, caprichosa y brutal) el desenlace, en el que ambos asesinos pierden su vida tiene lugar cuando Morgan lleva al prisionero hacia la estación en otro carromato. El duelo final con Belden tiene lugar en la misma estación, con el tren esperando realizar su salida. No hay vuelta atrás. No es la justicia lo que estaba en juego, sino la satisfacción de una voluntad caciquil que se ha visto por primera vez contrariada. Aunque sea su amigo, y este no busque el enfrentamiento, Belden necesita afirmarse. Aunque implique su muerte.

En cambio, en 'El tren de las 3 10', el reverso del héroe, Wade, será capaz de reconocer la arriesgada capacidad de sacrificio de Evans, y su sentido de la justicia (que le había llevado incluso a salvar la vida a Wade). Y con la victoria de la razón y la diginidad llega la catártica lluvia. La negrura de un final y la radiante luminosidad del otro contrastan y se complementan. Las dos caras del enfrentamiento para que la civilización venza a la barbarie.

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