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lunes, 20 de febrero de 2017

Stefan Zweig, adiós a Europa

A Stefan Zweig (Josef Hader) un periodista, también judío, le reprocha que no denuncie abiertamente el régimen nazi. Zweig considera que sería un ejercicio de vanidad realizar tales manifestaciones ante quienes piensan como él, en el congreso de escritores al que asiste en Argentina. Exiliado, considera que esas expresiones de repulsa sólo serían oportunas como ejercicio de resistencia y combate en el mismo escenario del padecimiento. Pero tras las muestras de apoyo, por parte de los asistentes, a todos los escritores de lengua alemana que optaron por el exilio, su gesto se queda en suspenso. Esa emoción en suspensa se extiende como un hilo invisible en tensión durante la narración episódica de 'Stefan Zweig, adiós a Europa (Vor der Morgenröten, 2016), de Maria Schrader. Cuatro episodios y un epílogo, que transcurren en Argentina, Brasil y Estados Unidos, entre 1941 y 1942, los últimos meses de la vida del escritor, antes de suicidarse junto a su segunda esposa, Lotte (Aenne Schwarz).
Stefan Zweig se interesa por cómo se plantan las cañas de azúcar, pero en su interior siente que mira a través del vaho de un cristal helado. En su mirada todo crece, pero allí dónde creció se extiende la destrucción. La vida parece ser superada por la muerte, y se resiste a que eso puedo propagarse, como si no hablando de ello se pudiera frenar el avance. Zweig se siente abrumado por la petición de múltiples personas que demandan su intercesión para lograr huir de la amenaza nazi. Quisiera encerrarse en su despacho y centrarse en la escritura, quisiera seguir asombrándose por la diversidad del mundo. Su mente viaje y ansia ampliar conocimiento, por eso aparta la mirada de quienes imponen su restringida y anuladora voluntad sobre los demás, sobre los que no consideran que sean como ellos, sino inferiores. Se siente exiliado, pero no quiere mirar hacia ese turbio ojo del huracán que no deja de extenderse hacia él porque tiene la posibilidad, por su posición privilegiada en el exilio, de liberarles de esa abominación que absorbe a los que son como él, judios, como inclementes arenas movedizas. Quiere mirar hacia otro lado, porque quiere confiar en que sea posible la armonía y la convivencia que se despreocupe de la pertenencia identitaria del otro, que se despreocupe de etnias y religiones y clases. Quiere sentir el equilibrio de su mirada centrada en la escritura, la escritura que refleja su asombro por la múltiple realidad, por las diversas culturas. Se admira, o quiere así pensarlo, que Brasil es el país del futuro porque en sus ciudades y pueblos conviven individuos de distintas razas en armonía.
Expone a su primera esposa, Friderike (Barbara Sukowa), que se siente desbordado por tanta demanda de ayuda, pero su semblante se encoge dolorido, cuando ella comparte el desesperado periplo de nueve meses que sufrió hasta lograr abandonar Europa, y cómo miles padecen esa circunstancia ante la que él se siente impotente, a diferencia de quienes sí poseen la capacidad y determinación de dirigirse a Europa para rescatar a centenar de personas. Zweig se asombra ante la contemplación de la naturaleza, admira su belleza, como se emociona con el regalo de un perro. Siente su lengua lamer su rostro. Siente su vivificante cariño. Pero el vaho del cristal helado, el horror que se propaga allí donde prefería evitar que su mirada exiliada se dirigiera, allí en Europa, ese continente con el que sueña que dentro de varias generaciones carezca de fronteras ni visados, no puede evitar que ese veneno le alcance y supere su impotencia y la torne en desesperación con la que no puede convivir, por lo que recurrirá a un veneno que le exilie definitivamente de la vida, como ese otro veneno en la distancia le había hecho perder el aprecio por la vida, como si le contagiara su avidez de muerte, sólo ya él, en su impotencia, se sentía tan muerto como los que eran asesinados en masa. Porque no podía seguir admirando la belleza de la naturaleza, ni reflejando la diversidad del ser humano cuando esa criatura que Nietzsche calificó como el animal más cruel expandía su arrolladora y arrasadora capacidad de infligir el daño de un modo que parecía irrefrenable.
La narración se inicia con un dilatado plano general fijo sobre una larga mesa en un ambiente lujoso en el que será agasajado. Ese espacio impoluto y luminoso que nada tiene que ver con la mancha del escenario de horror que ha abandonado. Pero no puede enfocar simplemente hacia la armonía, no puede simplemente dotar de luz con la sensibilidad de su escritura, de sus observaciones. Su mirada se enmaraña con esa consciencia impotente. El extraordinario epílogo es otro dilatado plano fijo que juega con dos espacios en el plano a través del reflejo de un espejo. La escisión con la que no logró convivir. Quiso sostenerse en la propulsión de los reflejos, en su entusiasta canto de la armonía y la diversidad a través de su arte. Pero el vaho del cristal helado le hizo sentir que era como ese cuarto en el que quería encerrarse para escribir, apartarse del mundo para no mirar, para no quedarse ya no con el gesto suspenso ante el horror que no dejaba de extenderse y no podía detenerse sino paralizado, sustraído el mismo aliento de vida. Y así fue, el gesto en suspenso asumió su derrota y se hizo silencio de muerte. “Sentía frío. Se encontraba extraño entre todos aquellos trastos viejos. ¿Quién habría dormido en aquella cama, quién habría descansado en aquel sillón, quién se habría mirado en aquel espejo en el que ahora veía su propio rostro infantil, pálido, lleno de miedo y casi lloroso? Aquí nada le recordaba algo pasado o vivido, todo era extraño y sentía el frío hasta en la sangre.”

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