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lunes, 28 de julio de 2014

Un profeta

Dehousse (Matthieu Kassovitz) en 'Un heroe muy discreto' (Un héros très discret, 1995), de Jacques Audiard, se inventa una nueva identidad, crea un nuevo escenario de vida, en el que para los demás represente algo excepcional, y así contrarreste una imagen deteriorada, estigmatizada; será un héroe de guerra y no el hijo de un colaboracionista. De ser nada, un ser periférico, será Alguien, el centro de la historia, aunque sea una impostura, de la que todos se han convencido, porque somos como nos presentamos a los demás. Es su forma de adaptarse al medio, sin que el medio lo arrincone. Malik (Tahar Rahim), en 'Un profeta' (Un prophet, 2009), se adapta al escenario de la prisión, evoluciona de ser nada, un ser periférico, solitario y aislado, sin vínculo con nadie, a ser Alguien, de ser peón a dominar el escenario. Es un árabe que se asocia, o integra, en el grupo de los corsos. En principio, cumple una función, siempre subordinada y marginal: es útil, en primera instancia, porque puede aproximarse, sin suscitar sospechas, a quien necesitan asesinar; después, no dejará de ser un cuerpo extraño, ajeno, que realiza tareas serviles, pero sin ser aceptado como parte del grupo; cuando finaliza sus labores, no comparte nada con ellos. Malik se encontrará en un territorio indefinido. No está con quién se supone que son los suyos, su grupo, los árabes, y con los corsos es una especie de extensión utilitaria.
Malik comienza su proceso de aprendizaje, incluso de la lengua italiana, iniciativa que supondrá con el tiempo su integración; su funcionalidad será interna, dentro de una estructura jerárquica, en la que ya no es otro, marginal o ajeno, sino uno más. Malik se pliega a las exigencias del entorno, para no ser arrinconado, estigmatizado, suprimido. El escenario marca las pautas para sobrevivir. La identidad es algo maleable, puede ser flexible, como quien sabe adoptar el arte del camuflaje. Malik no deja de ser lo que es, pero sabe ser otro, para no desaparecer y ser nada. Su peaje será el crimen, la acción violenta, enfrentarse a la náusea de realizar algo abyecto. Si quieres ser alguien, algo, hay que subordinarse a la corrupción del escenario, a las pautas jerárquicas con las que está estructurada la prisión (social). Esa 'marca', esa huella, permanecerá con él. La figura espectral de Reyeb (Hichem Yacouby), el hombre que asesina (en una secuencia de una crudeza sobrecogedora) le acompañará durante los seis años de estancia en la prisión, como esa llama que abrasa la perdida de la ingenuidad, la llama que se bambolea en el dedo de Reyeb, o las que este se sacude en su cuerpo.
En 'Un héroe muy discreto' Audiard alternaba el relato de los procesos de construcción de su nueva identidad que realiza Delhousse con planos de los músicos que interpretaban la banda sonora compuesta por Alexandre Desplat, una ingeniosa manera de poner evidencia el escenario de una ficción de vida. En 'Un profeta' se alternan, aparte de esas secuencias que son transposiciones de la mente de Malik, su relación con el espectro del hombre que asesinó, secuencias de índole onírica, imágenes confusas, en precipitación, en un atmósfera nocturna, esa inmersión en el abismo que debe realizar para adaptarse, primero, y dominar, segundo, el escenario. Si en 'Un héroe muy discreto' Delhousse bregaba con la imagen estigmatizada (o ya infecciosa: la infección de la verguenza) de su padre, 'Un profeta' se trama sobre esa relación de dominio-sumisión con otra figura de poder, la de Malik con el 'padre' que domina el escenario de la prisión, Luciani (Niels Arestrup).
Será precisamente cuando comience a salir al exterior, en principio para complacer las exigencias o necesidades de Luciani, cuando comenzará a dominar el escenario, a trazar su propia trama en el que el 'afuera', su propio espacio no controlado, se convierta en la fisura que logre desarticular el control ajeno en el estratificado 'adentro'. Y su posición, al final, será ya otra, en el otro extremo del patio, ya con los propios, los árabes, entre los que ya es, además, una figura de poder. Y Luciani, en cambio, una figura que puede ser no sólo rechazada, sino abatida si no acepta los designios de la voluntad de Malik. Ahora, Luciani debe cumplir los peajes. Debe aceptar su imposición. Malik ya establece las distancias. Ahora él establece las pautas que otros siguen.

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