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miércoles, 9 de octubre de 2013

Camille Claudel, 1915

 photo OIR_resizeraspx5_zps2b837043.jpg Decepción y transcendencia. Sueñas pero no hay nada más allá de la luz que proyectas, sólo el negativo de una imagen que se quema, porque te traicionó. Y caes, y pierdes la noción del tiempo. Veinte años parece que fue ayer, porque aún tu dolor sigue enganchado con un garfio a aquella decepción. También fluye como un suspiro 'Camille Claudel, 1915' (2013), de Bruno Dumont. Hora y media que se siente como un cortometraje, como el arco entre una aspiración y una espiración. Camille (Juliette Binoche, en su más sobrecogedora interpretación) habita los restos de un naufragio, entre otros rostros que reflejan su demolición, la de su mente, la de sus emociones. Camille ha desaparecido de su vida: Nos es presentada de espaldas, como una figura inmóvil. Vive recluida en un manicomio de Avignon, atendida por unas monjas. Se siente un cuerpo extraño entre aquellas mentes y expresiones y voces desfiguradas, como si no fuera parte de ellas. Aún aspira a recuperar su libertad, como aún cree que fue ayer, o siente como si fuera ayer, cuando Auguste Rodin esculpió en sus entrañas la quemadura de una decepción de la que aún no se ha recuperado, como un veneno que no deja de corroer sus entrañas. Dispone del privilegio de controlar cómo se prepara su comida, porque aún teme que pueden envenenar su comida.  photo OIR_resizeraspx2_zpsf0119084.jpg  photo OIR_resizeraspx4_zps49aab816.jpg Su rostro es un amasijo de pesadumbre, una arruga que se extiende en sus ojos como un lamento que no cesa. Asiste a una representación de 'Don Juan' en la que actúan otras de las internadas, como una distorsión que fuera burla de su pena. Y a la risa le suceden las lágrimas. Porque lo irrisorio también abrasa con la desolación. Se ve reflejada en el patetismo de su postración, apartada del mundo.Su ilusión ya no esculpe, expiró. Transcendencia vaciada, ultrajada. Mientras, su hermano, Paul (Jean Luc Vincent), aquel que puede decidir si puede recobrar la libertad, encontrar su espacio propio en una retirada granja, como le sugiere el director del psiquiátrico, se arroba en su ilusión de diálogo con la divinidad, como si estuviera conectado con la luz que le separa del fango.  photo OIR_resizeraspx3_zpsb11d3ab9.jpg  photo OIR_resizeraspx_zpsfc909e9f.jpg Y en su aislamiento y reclusión en el universo de las ideas, en su falaz sentido de la transcendencia, que le enajenan, confunde la intemperie y la desesperación de Camille con la enfermedad, con la conducta infecciosa mental que hay que aislar, apartar. No hay herida que perciba. En su hermana ve la desfiguración, o degeneración, de una idea a la que aspira como realización, una elevación que no sabe de dolor ni desgarros ni contorsiones ni aspiraciones abrasadas ni inspiraciones magulladas. Dumont filma los cuerpos en relación con los espacios y los otros cuerpos, el naufragio de unos gestos, como el silencio de una armonía, como una pintura que los atrapara en un marco que es celda. Y los gritos no se escuchan, sólo las oraciones de quien habla con el vacío de una ausencia trascendente mientras niega los temblores de los cuerpos.  photo a04ecb69b5b14bf084cc281c18d5fde3_zps4bbc8455.jpg

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