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domingo, 22 de septiembre de 2013

Un lugar en la cumbre

 photo OIR_resizeraspx_zpsfad80fb4.jpg  photo 6383aa962b0d4b2d8064cdb493e58c38_zps9c0f6d14.jpg 'Un lugar en la cumbre' (A room at the top, 1959), inspirada opera prima de Jack Clayton, adaptación de la espléndida novela de John Braine, es el relato de una desaparición, de una derrota. Comienza con la llegada, en tren, de Joe (Laurence Harvey) a la tierra de la realización de los sueños, Warnley, ese mundo que miraba desde la distancia, o desde abajo, desde su población, Dafton. Finaliza con su alejamiento, de sí mismo, ya cautivo de aquello a lo que aspiraba, alcanzar un lugar en la cumbre, casarse con la hija del hombre más pudiente de Warnley. Pero sus lágrimas revelan que se ha perdido ya a sí mismo en el trayecto. Quisiera retroceder, pero no sabe ya cómo. Mirar hacia atrás es mirar hacia las huellas de sus errores, al reguero de sangre de lo que ha atropellado. 'Un lugar en la cumbre' no es el relato de un arribista. O sí pero no. Joe es alguien escindido, o vacilante, del mismo modo que oscila entre dos mujeres.  photo OIR_resizeraspx3_zps80cbd6e0.jpg Una, Susan (Heather Sears), representa la aspiración del logro material, esa realidad soñada que contemplaba desde las penurias que habitaba, realidad de ruinas, tanto la de las bombas de la guerra recién finalizada hace dos años, como la de la pobreza. Susan representa lo que quisiera ser porque no quiere verse relegado a su condición, a un determinismo que es una imposición, cada uno en su lugar, de acuerdo a su clase, sin pretensiones de querer romper el cerco y aspirar a una posición no permitida. Joe quiere liberarse de su pasado, de su estigma, y conformar su futuro como si ese pasado no hubiera existido. Susan es un cuerpo pero ante todo es un símbolo, es una figura en la distancia, un objetivo, una representación. Cuando visita su pueblo, su tía remarca que dice que una chica le gusta, pero sólo habla de su padre y del dinero que tiene.  photo OIR_resizeraspx2_zpsf8c9ca56.jpg  photo OIR_resizeraspx7_zpsc21c5568.jpg Alice representa lo que es, representa lo que podría ser, no por posición sino por carácter. Alice es cuerpo, con Alice él es, no finge, no se esfuerza. Con Alice no hay simulaciones, no hay representaciones, son cuerpos desnudos, emociones expuestas, silencios cómplices. Aunque, en alguna ocasión, la juventud arrase con su intemperancia, con su aún ofuscada indefinición, como cuando no asume, precisamente, que Alice posara desnuda para un pintor en el pasado. Joe se deja llevar por la bestia que prioriza el valor de imagen como cree ver un reflejo de lo que no le gusta de él, o de lo que no logra encajar que hay que realizar para alcanzar las cumbres, lo que se desea, es decir, venderse. No asume, en principio, que pueda ser una relación desinteresada, que no haya intercambio. No puede entender que en una mirada sólo haya admiración, la de un artista, como se supone que hay en él cuando admira su desnudez.  photo OIR_resizeraspx5_zpsfb237e8d.jpg  photo OIR_resizeraspx4_zps6eeb9838.jpg Joe, oscila, confuso, entre reflejos, que no dejan de estar cerca del lodo, y reincide en el cortejo de Susan, como un escenario que debe dominar. De hecho, a ambas mujeres las ve por primera vez sobre un escenario, juntas, cuando actúan en una representación teatral, en una compañía de aficionados de la que formará parte. Como se integrará en el escenario de la empresa, en el que también actúa. También se enfrentará a otro escenario, el del matrimonio de Alice, una pantalla de conveniencias en la que el marido negará la posibilidad de una realización, porque prefiere el orgullo de la imagen. Del mismo modo que el padre de Susan también la negará de acuerdo a su no idónea condición de vasallo. A no ser que salte la verja, o sea, que la deje embarazada. Escenarios, pantallas,proyecciones, vacilaciones. Ser apariencia, exponerse. La pantalla tiembla porque no se sabe dónde enfocar.  photo OIR_resizeraspx6_zps6f8210c4.jpg Joe logra hacer el amor con Susan, pero su expresión delata la sensación de un vacío. Los cuerpos se alejan de la cámara, desaparecen del encuadre, mientras se escucha a Susan preguntar una y otra vez si la ve distinta. En la siguiente secuencia Joe se abalanza sobre un teléfono público, para llamar a Alice. Sentir su cuerpo, es sentirse, porque sino desaparece. Y así será en el plano final, cuando el coche en el que él y Susan marchan tras casarse, se aleje en la distancia, desaparezca del encuadre. Como ha desaparecido, irrevocablemente, por un accidente de coche, el cuerpo de Alice. Como ha desaparecido él en los reflejos, como cuando yace en un charco, tras ser golpeado por quienes ya le ven como representación de los privilegiados. Las lágrimas de Joe son las lágrimas de quien sabe que también se ha matado a sí mismo.

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