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viernes, 20 de septiembre de 2013

The war game

 photo OIR_resizeraspx2_zps92d2c0d8.jpg 'The war game' (1965), de Peter Watkins, se iba a emitir en la televisión inglesa coincidiendo con el veinte aniversario de la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, pero fue desestimada esa posibilidad por su descarnada representación de las consecuencias de una explosión nuclear. O más bien, cedió a las presiones del gobierno británico, laborista, que había modificado su política nuclear, ya que un año antes había realizado un manifiesto sobre el desarme. Precisamante, veinte años tardaría en emitirse por televisión esta extraordinaria obra que ganó ese año el Oscar al mejor documental, aunque más bien sea una ficción que utiliza los recursos lingüísticos del documental. O más bien, difumina sus límites. Al fin y al cabo, Watkins también quiere poner en cuestión la noción de 'realidad'.  photo OIR_resizeraspx4_zps8bd99d44.jpg Por un lado, está la 'realidad' conveniente, la 'realidad pantalla', la instituida, la que intentan mediatizar los poderes fácticos, como se quiere dejar en evidencia con las entrevistas ficcionalizadas a estrategas nucleares, o altas instancias del clero que apoyan la política armamentística nuclear. Y a través de las entrevistas a transeúntes, en los primeros pasajes, a los que se pregunta sobre su conocimiento del efecto de ciertos componentes químicos o qué efectos puede tener una explosión nuclear. Las contestaciones reflejan una ignorancia que a su vez evidencia cómo se mediatiza con las capciosas aserciones y omisiones de los estamentos del poder. Pantalla que es rasgada con la 'herida de lo real', la cruda representación, o recreación, que realiza de las desoladoras consecuencias en los cuerpos tras una explosión nuclear. O el cuerpo que desgarra la pantalla.  photo OIR_resizeraspx3_zps13e74085.jpg  photo OIR_resizeraspx6_zps60a6d65e.jpg 'The war game' es ficción especulativa, imaginaria, que escenifica lo que podría ocurrir, o cómo podría ocurrir, si cayera una bomba nuclear en Inglaterra, pero reconstruye, inspirándose en los devastadores efectos de las bombas en la segunda guerra mundial, no sólo en Hiroshima, o Nagasaki, sino también en Dresde o Hamburgo. Lo que puede ser ya ha sido, y puede volver a repetirse. Una voz sirve de hilo conductor, una voz que recurrentemente insiste, como letanía, en que es lo que podría ocurrir si hubiera una guerra nuclear. Porque en aquellos años la amenaza se había intensificado. Lo posible ya parecía probable. Dos obras, en concreto, alcanzaron resonancia, 'Teléfono rojo ¿volamos hacia Moscú?' (1964), de Stanley Kubrick, más satírica, 'Punto límite' (1964), de Sidney Lumet, más severa y densa, la cual incidía en otro aspecto que aquí también se remarca en cierto momento: la ignorancia de la gente también se evidencia en cómo contemplan que si les bombardearan deberían responder del mismo modo, como si en su esquema mental funcionara el resorte visceral de la rivalidad y la retribución ( y a la vez, como si vivieran la realidad como una pantalla, desde la distancia). Aspecto que la obra de Lumet destripa con contundencia cuando el presidente de los Estados Unidos debe decidir si, tras provocar, por un error, la explosión de una bomba nuclear en una ciudad rusa, debe permitir hacer lo propio con una estadounidense para evitar una guerra.  photo OIR_resizeraspx5_zps992c2b80.jpg  photo OIR_resizeraspx_zps3bb4acf7.jpg Watkins destripa el muñeco de peluche, es decir, esa noción conveniente de que la guerra es un juego, de que los países son rivales en un tablero con los que se puede jugar como piezas, sin ser conscientes de los efectos en las personas que lo habitan. De cómo los cuerpos serían dañados. Watkins detalla los efectos de las explosiones en los cuerpos, cómo los abrasan y desfiguran, cómo los devastan en su sentido amplio. Lo real es arrasado. Y los supervivientes se convierten en espectros, figuras dolientes de emociones carbonizadas. Rostros desolados que tienen que quemar los cadáveres que encuentran en las ruinas, rostros que claman por una dignidad perdida antes de ser fusilados por rebelarse contra las figuras que representan el poder que nada resuelve. A la pregunta de qué quieren ser de mayores, unos niños que han sufrido los efectos de la radiación, contestan que no quieren ser nada. En nada convierte una guerra nuclear, en nada convierte una explosión nuclear. En nada convierten a los ciudadanos las interesadas decisiones de quienes detentan el poder, porque no son cuerpos, sino piezas de un juego. Watkins abrasa su inconsecuencia con su aguda y magistral elocuencia.  photo OIR_resizeraspx7_zps456fe505.jpg

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