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domingo, 15 de septiembre de 2013

Edvard Munch

 photo OIR_resizeraspx3_zpse9c8701d.jpg La poesía de la disolución. En la obra de Edvard Munch, con el paso del tiempo, los detalles y las perspectivas se disolvían. Rostros, rasgos, que se desvanecían, que se emborronaban. Una vida que parecía un trayecto hacia la disolución en un grito mudo. 'Edvard Munch' (1974), de Peter Watkins, disuelve límites, entre el documento y la ficción, entre los sonidos, en la conversación de estos con la imagen, entre los mismos términos del encuadre, entre lo enfocado y desenfocado. La voz del propio Watkins hila el recorrido a través de cuatro décadas de la vida del pintor, hasta que sufrió un colapso nervioso que hizo necesario un tratamiento, y reajustar sus pasos, su relación con la vida como un nervio sin la capa protectora de la mielina. Actores noruegos no profesionales encarnan a las diversas figuras. Intervienen también ante cámara, evocan momentos o dan sus impresiones sobre la obra de Munch, opiniones de los propios actores. Priman los primeros planos. Casi no hay planos generales. Hace cuerpo de una vibración, la que palpita en las texturas disueltas de las pinturas de Munch (Geir Westby), la vibración interior, opresiva, cautiva, como si no pudiera superar un confinamiento vital, una asfixia.  photo OIR_resizeraspx_zps4547106b.jpg  photo OIR_resizeraspx4_zps4e264ff2.jpg Los actores, los personajes, no dejan de mirar a cámara. Ojos, miradas, que no dejan de estar presentes, y que hacen manifiesta a la propia cámara, y su intrusión, su obscenidad, horadando, hurgando, explorando, en una herida, como la propia obra de Munch te interpela con su disolución, con su carne hecha trazos, emoción convulsa que interpela la intemperie que puede habitar en nosotros pero no mostramos, nuestra confusión, nuestra orfandad, nuestro extravío. La convulsión de la melancolía, el aire frío que corta la yema de los dedos que intentaban palpar lo sublime. La narración es una fractura. El pasado no deja de resurgir, como una herida no cerrada, como un espasmo que perturba el discernimiento, la sangre que brotaba de boca de las hermanas que fallecieron en su infancia por tuberculosis. Imagen recurrente, como una letanía que dificulta el paso, como un garfio que atrae hacia un pasado que enfrentó a una inevitable disolución, la de la muerte.  photo OIR_resizeraspx2_zpsfcdd5825.jpg No hay música sino la del caos. En la banda de sonido pueden convivir unos sollozos, el graznido de unas gaviotas, y la música. Sonidos que pertenecen a diferentes tiempos y circunstancias, como pueden no casar con las imágenes, un amasijo de tiempos, como las entrañas desordenadas de Munch. Desajustes, una vida que intenta enfocarse infructuosamente. Se repiten varios planos con Munch en primer término, desenfocado, y al fondo del encuadre, una mujer. Miradas que no domina, risas que acrecientan la disolución de su pesadumbre. Munch no dejó de sentir que su relación con las mujeres absorbía su energía, eran disolventes. No logró encontrar el enfoque, sino todo lo contrario. Sus besos, sus madonnas, sus vampiras, eran el reflejo de ese desajuste, de ese desencuentro. La voz de Watkins describe acontecimientos de cada década, incluido el nacimiento de Hitler o Goebbels, el paisaje en plano general en el que vibraba el ofuscado paisaje íntimo de Munch, las espesuras particulares en las que se debatía.  photo OIR_resizeraspx5_zps20708dbe.jpg  photo OIR_resizeraspx6_zpseacf4f7f.jpg Explora los cuadros, sus trazos, sus texturas, mientras Munch, mira a quien le mira, como nos miraba, nos desnudaba, con sus cuadros, desnudaba nuestros besos, nuestras proyecciones desenfocadas, nuestros desajustes, nuestras disoluciones. Esa sensación, quizá verdadera, desde luego temblorosa, de no poder o no saber habita rla vida, de no lograr la conexión con el otro cuerpo, con otra mirada, que es promesa de realización, de sentirse presente. Munch logró con su arte hacer cuerpo de un grito que es interrogante, desamparo y perplejidad. Y disidencia, la de la mirada que buscaba el infinito y se abocó al grito del abismo. De ese fracaso que es soberanía, Peter Watkins forja una de las más asombrosas inmensidades que han surcado, y enfocado, una pantalla. Una obra que mira y nos mira mientras nos miramos. Ingmar Bergman dijo que era la obra de un genio. En su obra se agitaban también las impúdicas convulsiones de Munch. Watkins las desnuda desde la distancia.

2 comentarios:

  1. Una joya hipnótica. ¿No crees que Watkins se ocultó en parte tras la figura del pintor para ofrecer un autorretrato del artista abocado al exilio por las circunstancias político-sociales?

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  2. Probablemente, reflejó su propia sensación de exilio interior, de mirada en colisión. Decidir marcharte de tu país porque te sientes 'fuera de lugar' en su sentido amplio debió ser todo un seismo en su vida. Y siguió demoliendo las estrategias del poder, su capciosa virtualidad. Sus trazos eran como los de Munch, intentar dotar de cuerpo, de evidencia, a una maraña.

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