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jueves, 1 de agosto de 2013

La pianista

 photo 4f1ab93a30d34a65860ffb1f8abd9b39_zps61c281ef.png 'La pianista' (La pianiste, 2001), de Michael Haneke, que adapta una novela de Elfriede Jelinek, es una película en blanco. El blanco del hielo, del espacio o de la página en blanco, el blanco del vacío, de la falta de inteligencia emocional. Erika (Isabelle Huppert) tiene cuarenta años, pero emocionalmente aún es una niña. Vive, incluso comparte cama, con su madre, voluntad absorbente, anuladora, dominante, cuya convivencia se convierte en pugna, en padecimiento. Y su vida la ha instituido con esa misma trama. En su trabajo, en el espacio público, el espacio en que detenta una posición de dominio, como profesora de piano, ejerce un poder, a la par que mantiene la distancia, como un hielo que quema, que desprecia, que golpea con sus palabras y miradas, que reprende y rechaza. En su universo hay habitaciones compartimentadas, que reflejan una escisión, un conflicto no resuelto en sus emociones, un desequilibrio, un desvío que es grito, tanteo torpe infantil, en el que lo obsceno y la escatología encuentran un espacio expresivo como la onda expansiva de una bomba, una liberación no permitida en la pantalla de su vida, con su madre, en su trabajo. Lo orgánico abre una hendidura, como una violenta fuga de agua en el casco del barco.  photo OIR_resizeraspx4_zps5cb18dcb.jpg Sin que se establezca una particular ruptura expresiva en la narración, Haneke nos muestra cómo Erika acude a un sex show, observa escenas de sexo mientras olisquea el kleenex con restos de semen de quien ha ocupado antes la cabina. Erika se desplaza en ese espacio como lo puede hacer en sus clases de piano, para ella no hay colisión, por eso tampoco la refleja Haneke con su mirada. Si hay ruptura, colisión, es en la mirada de los otros, por eso realiza esas acciones de modo clandestino (como en una sala de cine al aire libre, orinar mientras escucha cómo una pareja hace el amor en un coche). Sabe que son acciones que no están legitimadas, que pueden ser consideradas aberrantes, anómalas. No encuentra miradas cómplices que puedan mirarla con naturalidad. No encuentra miradas con las que exponerse, por eso se cierra, ante los demás, en una imagen espinosa. Entre la imagen pública y el espacio íntimo hay un abismo (de vidrio).  photo OIR_resizeraspx_zps55b0ad26.jpg  photo OIR_resizeraspx3_zps7883e70b.jpg Otra mirada irrumpe en su espacio compartimentado, clausurado, congelado. El estudiante de piano de diecisiete años, Walter (Benoit Magimel) que la corteja con entusiasmo y admiración. Puede aceptar sus desplantes, sus brusquedades, su seca autoridad, puede aceptar, e incluso le entusiasma y se decide, por ello, a dar el paso de besarla, que introduzca cristales rotos en un bolsillo del abrigo de la estudiante de piano, porque deduce que es a causa de los celos, por las atenciones que Erika ha visto realizar a Walter, cuando le ha ayudado, pasando las páginas de la partitura,en su intervención en el auditorio. Pero no puede aceptar la directa confesión de unos gustos sexuales que se definen por el placer en la sumisión, en aceptar su voluntad, en el daño y padecimiento. Una sexualidad abrupta, nada glamourizada, sin envoltorios de sofisticación, más como la manifestación de una niña. Erika lo comparte con la torpe brusquedad de quien se expone, o de quien nunca se ha expuesto de ese modo, ofreciendo su vulnerabilidad, con confianza, sin pudor (la mirada de Huppert en estos pasajes es 'otra').  photo 60efe9579bae44ce97b526a66f317430_zpsf05204bc.png  photo OIR_resizeraspx2_zpsdcb02ce8.jpg A Walter le desconcierta. Pierde el paso, su mirada y discernimiento se ofuscan, y su reacción además de torpe será violenta, agresiva, aún más pueril. En principio le refleja el asco que le suscita, calificándola de perversa y enferma, pero en cuanto ella le busca, le expresa de nuevo torpemente, como una niña en la intemperie, que le ama, y se dispone a hacer una felación, él de nuevo acepta. Walter no la entiende, ni se entiende a sí mismo, no logra armonizar esa excitación (que le lleva a masturbarse debajo de su ventana) y el rechazo que le suscita, lo que provoca que esa confusión la materialice o exprese con la más virulenta violencia, golpeándola brutalmente, forzándola sexualmente. Incapaz de advertir el desenfoque emocional de quien aún es una niña que ha estado apresada tras el hielo, el desenfoque de Walter se convierte en un filo con saña, ese que causa el gesto final de Erika de acuchillarse en el brazo, en el espacio vacío del hall del auditorio, del vacío del espacio público. El desprecio que realiza al saludarla como si nada cuando se cruza con ella no es sino el apuntalamiento cruel del escupitajo que estigmatiza para sentirse impoluto, como si estuviera en el lado de los normales, de los sanos, y que se trasfigura en las lágrimas de Erika, ya en la intemperie, aislada, abandonada, en un espacio en blanco que se ha convertido en negrura.

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