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lunes, 1 de julio de 2013

El apicultor

 photo OIR_resizeraspx9_zpsc48fe76b.jpg Spyros (prodigioso Marcello Mastroianni) se siente nada, como alguien ya de paso. Alguien que vivió hace años. Spyros parece haberse resignado a vivir ya en la distancia de los demás, de la vida, de sí mismo. En la secuencia inicial, en la boda de una de sus hijas, un pájaro irrumpe en el salón. Un pájaro que no vemos, sólo las expresiones arrobadas de su hija, y de otros invitados. El pájaro desaparece, como hace tiempo lo ha hecho Spyros. Hace tiempo que perdió sus alas, que perdió la capacidad de asombrarse. A su esposa (Jenny Roussea), cuando desciende las escaleras, y se topa con él, que sale de la cocina, se le cae la bandeja. Su relación también parece haberse caído. Ambos han decidido separarse. Sin aún acabar la celebración, Spyros sale, y pasea por los alrededores. Su mirada se pierde en algún lugar, quizá en su pasado. Quizás, simplemente, se pierde, como si su respiración buscara una bocanada de aire.  photo OIR_resizeraspx5_zps667f04e4.jpg  photo OIR_resizeraspx_zps22c35706.jpg Spyros tiene que iniciar su viaje anual con sus colmenas. Spyros es apicultor. En las colmenas, la abeja reina elige al zangano que la fecunde. Como hizo su esposa con él, en vez de a sus dos amigos (Serge Reggiani y Dinos Iliopoulos), a los que visita en su viaje. Uno aún conserva la vitalidad, el entusiasmo. Se desnuda en la playa presto para bañarse. El otro, convaleciente en un hospital, es un cuerpo ya maltrecho, un cuerpo que envejece, que se descompone. Spyros aún se resiste pese a todo a ser como el segundo, a que la resignación que le erosiona en su interior también se refleje en su exterior. Quisiera sentirse como el primero, cuerpo presente. Spyros ha sido en su vida un zángano, alguien que ha realizado los mismos movimientos, las mismas rutinas, en la colmena de la vida. Ahora entra en barrena, y su desesperación se rebela, como si fuera suúltimo espasmo.  photo OIR_resizeraspx4_zps83280dd0.jpg En su trayecto, el mismo que ha realizado durante tantos años, se cruza, o se colisiona, con una chica joven (Nadia Mourouzi), una figura errante, sin rumbo, un cuerpo que vibra, danza, se agita, y que contrasta con su envaramiento, con su gesto mortecino, severo, sombrío. Spyros en principio la rehuye, como si fuera la carcajada de un destino que quiere hurgar en la herida de su fracaso, de su demolición, de su abandono y decadencia. Spyros busca en su pasado, pero ya perdió el vínculo. Ya no son presencias, sino ecos de lo que fue, como su misma esposa con la que intenta recobrar la convulsión del deseo. Pero no es sino un autoengaño, un grito ciego que ya no puede contener. Quizá porque siente que el otro cuerpo es promesa de vida, pero también abismo, y ya es demasiado tarde para lo primero. Pero Spyros aún desea morder la vida. La cámara, desde la distancia, recoge su visita a una casa de su infancia. Los cristales rotos transpiran abandono. Las delicadas notas de piano de la música de Elena Karaindrou rezuman melancolía. Se asoma desde un balcón, pero no es sino una pantalla rota, un balcón mudo.  photo OIR_resizeraspx3_zpsc59b0937.jpg  photo OIR_resizeraspx2_zps79d8f5fd.jpg  photo OIR_resizeraspx_zpsa6282191.jpg La cámara se desplaza en un travelling de aproximación hacia Spyros y la chica, ante una furgoneta donde se sirven bebidas. La electricidad de un tema de rock se despliega en el mordisco que de improviso da la chica en la mano de Spyros, La sangre empapa su rostro, con la que se restriega, mientras él cierra los ojos, como si hubiera entrado en éxtasis. Un travelling de alejamiento, mientras un tren cruza entre ellos y la cámara, señalizará el final de la ilusión, de un fugaz encuentro carnal, arrebatado, desesperado, que ha tenido lugar en el entarimado bajo la pantalla de un cine. La ilusión de una fuga, en la que por un instante ha vuelto a sentirse presencia, ha vuelto a sentir la desnudez de la vida, ha sentido su aliento, su mordisco. La carne ha podido gritar por un instante. Un fugaz encuentro con lo que ya no podrá ser ni sentir, con su propio fracaso, con el grito de su puño crispado, de su mano temblorosa, que gime, junto a las otras abejas, porque ya irremisiblemente ha desaparecido. El apicultor (O melissokomos, 1986), de Theo Angelopoulos (que colabora en el guión con Tonino Guerra y Dimitri Nollas), es una inmensidad que duele, una inmensidad que alienta a morder la vida.

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