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viernes, 28 de junio de 2013

La ciudad que nunca duerme

 photo OIR_resizeraspx4_zps172a9cb7.jpg Un policía, Kelly (Gig Young), que quiere dejar de serlo, que quiere abandonar todo, incluso a su esposa, Kathy (Paul Raymond), por una cantante, Sally (Mala Powers), aunque aún la duda le corroe en principio cuando pasea su gesto cansado por los camerinos del night club. El bullicio y el júbilo circundante contrasta con su semblante ensombrecido como un telón que cae. Kelly ha perdido el estímulo vital, como si ya no viera, escuchara o sintiera nada. Incluso no se muestra remiso a cierta corrupción, como las tentaciones, propuestas, que le plantea ese cacique encubierto de la ciudad que es el abogado Biddell (Edward Arnold). Gregg (Wally Cassel) fue un actor que ahora trabaja como robot mecánico ataviado con chaqué y chistera en el escaparate del night club. Gregg es como el reflejo de Kelly. Ambos se sienten robots, ambos sueñan con paradisiacos lugares fuera del mundanal ruido, liberados del escaparate de vida que les asfixia. Ambos sueñan con la misma mujer, Sally. Como si fuera el último resquicio de magia posible en sus vidas.  photo OIR_resizeraspx3_zpsc9d09bb2.jpg  photo OIR_resizeraspx2_zpsf055a0e3.jpg Hayes (William Talman) fue un mago que sustituyó en su chistera el conejo por una pistola. Se convirtió en sicario, en delincuente sin escrúpulos. Lo fue de Biddell, pero ahora para éste resulta molesto, y por eso requiere de Kelly para que lo meta bajo la alfombrilla (que lo lleve a otro estado donde se le requiere por un delito). Chisteras, magia, pistolas, desilusión. También transita por esta narración, entre sombras y reflejos, una figura ambigua, el sargento Joe (Chill Wills), que acompaña de patrulla a Kelly, en sustitución del compañero previsto, la noche en la que transcurre la acción de 'La ciudad que nunca duerme' (1953), de John H Auer, con guión de Steve Fisher. Su presentación posee la condición de 'aparición', como si fuera, corporeizara, el 'aliento' de confianza e ilusión perdidas en Kelly. Otra de las singularidades que propulsan la extrañeza, y que surcan este sugerente film noir que linda con la abstracción. Ya desde su primera secuencia, pues la voz en off que introduce la narración es la voz de la misma ciudad, que nos presenta a los principales personajes.  photo OIR_resizeraspx5_zps21867f63.jpg  photo OIR_resizeraspx_zpsd0501b06.jpg Pero la narración resulta también cautivadora en su concreción, en cómo orquesta la tensión de sus set pieces, como aquella en la que Hayes se introduce en un edificio para robar una caja de fuerte, que tiene que abrir con el tiempo contado ya que Kelly y Joe registran el edificio desde el último piso, el catorce, y él está en el séptimo. O todos los pasajes finales, tanto en la calle del night club, cuando Gregg se mantiene en el escaparate con sus ademanes de robot, pese a que pende la amenaza de que Hayes le mate ya que ha sido testigo de su último asesinato, mientras a la vez Sally le declara su amor. O la magnífica persecución final, entre callejones oscuros, que culmina en las vías del tren. 'La noche que nunca duerme' se convierte en un peculiar y estimulante trayecto de recuperación de la confianza, el enfrentamiento con la 'sombra', con la decepción o perdida de magia, de ilusión. Una mirada vuelve a enfocarse, a reencontrarse con las vías de las que empezaba a desviarse porque ya no creía que fuera posible sacar nada de la chistera.

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