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sábado, 22 de junio de 2013

Envuelto en la sombra

 photo OIR_resizeraspx3_zpsd565241e.jpg 'Estoy acorralado en un rincón oscuro, y no sé quién me está golpeando', expresa con desesperación Galt (Mark Stevens), en una secuencia de la formidable 'Envuelto en la sombra' (The dark corner, 1946), de Henry Hathaway. En ese momento, se siente muerto, sin aire, confinado en un callejón sin salida. Envuelto en las sombras, agitándose en un rincón oscuro en el que siente que las paredes se ciernen sobre él y cada vez le oprimen más. Han urdido una inextricable maraña alrededor de él, y no sabe si quiera quiénes ni por qué. Pensaba que la luz le enfocaba a él como objetivo, pensaba que el pasado resurgía para ajustar cuentas, pero ha descubierto que más bien se pretendía cegarle con la luz. Como el engañoso blanco del traje de aquel detective, Foss (William Bendix), que les perseguía en la feria a él y su secretaria, Kathleen (Lucille Ball). Con él están jugando al tiro al blanco, pero no como piensa.  photo OIR_resizeraspx2_zps29f71825.jpg  photo a528458a1062486393e18d74d71a4d75_zpsd0dce8c1.jpg El espectador pronto sabrá que en la sombra hay quienes traman, manipulan y mueven sus piezas, mientras Galt, ignorante, forcejea en la oscuridad. Porque Galt es un mero peón en una retorcida trama. La realidad es un laberinto en que cada nuevo paso acrecienta la oscuridad. El perseguidor no era sino un señuelo. La amenaza no era sino la víctima. Galt tiene dificultades para expresar sus emociones. Katleen ya lo ha advertido aunque lleve sólo siete meses trabajando para él. Hay algo huidizo, elusivo en Galt, como si cierto resentimiento frunciera su talante. Cuando golpea expeditivo a Foss, para arrancarle las palabras, el por qué de su seguimiento, parece que golpeara su pasado, como si su sospecha abofeteara a un espectro que surgiera de entonces. Y ese engañoso traje blanco se convierte en tela de una pantalla blanca en la que proyecta su confusión, porque el nombre de Jardine (Kurt Kreuger) enciende el proyector de una película inacabada, de un conflicto pendiente que ha quedado mordido en su lengua. Aunque Katleen, con esfuerzo, logra que se lo revele. Y es un pasado con olor a celda y traición, con un rastro de heridas que no ha encontrado su desague.  photo OIR_resizeraspx7_zps4dec84b0.jpg  photo 05c83e5075dc4acb8c3e40a946d9abb0_zpsae05d883.jpg Pero Galt no sabe que hay quien se está aprovechando de esa herida para utilizarla a su conveniencia, precisamente como pintura que disimule cómo intenta cerrar la propia herida presente, una fuga para la que ha encontrado un arreglo de fontanería, el asesinato del amante de su esposa usando a otro como chivo expiatorio. El autor de tal retorcida urdimbre es Cathcart (Clifton Webb). Y aquí entra en juego otra pintura que tiene que ver con sublimaciones. Webb, Waldo Lydecker en 'Laura' (1994), de Otto Preminger, en cuyo guión también participaba Jay Dratler. En la obra de Preminger el cuadro de Laura era el emblema y pantalla de unas sublimaciones. Hay cámaras acorazadas que comprimen las emociones, y los sueños sublimes. En 'Envuelto en la sombra', Cathcart explica a unos invitados, ante una pintura que guarda en una cámara acorazada, cómo se enamoró de su esposa, Mari (Cathy Downs), porque parecía la réplica de la mujer del cuadro. Sus facciones parecían las mismas. Había encontrado en la realidad la encarnación de una imagen, de una idea. La representación de lo sublime se había hecho cuerpo. Pero la realidad se había deteriorado. En la pantalla de la vida las fisuras y rayas emborronaban ya la imagen, o la visión, o quizás está se había quitado las legañas. Quizás la luz del foco también le había cegado.  photo OIR_resizeraspx4_zps97257368.jpg  photo OIR_resizeraspx_zps9c7776ba.jpg De nuevo, como en 'Laura', hay quien no puede aceptar que quien se ha sublimado, no sólo sea de otro, sino que se revele irrevocablemente como alguien vulgar. No puede ser sino en ese espacio, la cámara acorazada donde guardaba su tesoro, ese cuadro representación de lo excelso (fuera de este mundo), donde la realidad derribe, abata, a quien no había aceptado que no se puede recluir a los otros, a quien se ama, en una cámara acorazada. Galt, en cambio, tras recorrer un oscuro laberinto en el que se ha sentido muerto, ciego tanteando la oscuridad, ha renacido, desprendido de las cámaras acorazadas con las que se mordía y comprimía las emociones (con manchas y garfios del pasado), ahora ya abrazado a quien supo tejer el hilo para que no se perdiera en la oscuridad, y prosiguiera su búsqueda hasta encontrar la luz que quiso cegarle.

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