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viernes, 17 de mayo de 2013

Shutter island

 photo 4_zpsb5f2fde0.jpg Ciudad prisión, ciudad campo de concentración, ciudad laberinto, ciudad maraña, ciudad ilusión creadora de fantasmas y monstruos. Sus artífices crean humo que ciega los ojos de aquel que quiere ver demasiado hasta hacer creer que esa ceguera la ha causado uno mismo. Sugestión, manipulación, tergiversación. En el primer plano de ‘Shutter island’ (2009) de Martin Scorsese, surge de la niebla el ferry en el que viaje Teddy (Leonardo Di Caprio) un agente que se dirige al sanatorio mental de Shutter island (isla silenciadora), para resolver la intrigante desaparición de una paciente. Le acompaña un compañero, Chuck (Mark Ruffalo), con el que no ha trabajado antes. Ha perdido su tabaco, pero su compañero le deja uno de sus cigarrillos.  photo OIR_resizeraspx2_zps411425ae.jpg No sabe que esos humos intentarán cegar su discernimiento, envolverle en una niebla que le haga pensar que su mirada sobre la realidad estaba distorsionada, que era una ilusión forjada por las heridas, o traumas, de su mente. Le injertan fantasmas, la proyección de una película, un montaje con el que le convenzan de que no es quien creía ser, un agente, sino un recluso - o como corrige el siniestro director de la institución, el doctor Cawley (Ben Kingsley), paciente- que ya llevaba dos años autoengañandose con esa ‘dramatización’ en su mente. No hay mejor engaño que hacer creer que te engañas. O no hay mejor manera de injertarte una ficción que hacerte creer que te has creado una, que tus paranoias o teorías conspirativas gestan tortuosos fantasmas. El último plano es el de un faro, esa capciosa luz con la que han pretendido silenciarle, amordazarle, anularle. Ese lugar donde realizan lobotomías, donde hacen desaparecer las mentes que quieren ver y saber y preguntar demasiado, las mentes insurgentes, las mentes problemáticas.  photo OIR_resizeraspx5_zps286abf61.jpg La acción transcurre en 1954. El sanatorio de Shutter island está financiado por el comité de actividades antinorteamericanas, que desde 1947 pretendía eliminar, anular, acallar, voces insurgentes, estigmatizadas con el calificativo de ‘comunistas’. En el sanatorio hay médicos que trabajaron con los nazis. El gobierno estadounidense importó a varios de ellos porque esos científicos resultaban convenientes para sus intereses. Shutter island es un campo de concentración. Es un equivalente al Dachau en el que el mismo Teddy entró a finales de la guerra. En ese campo los soldados estadounidenses realizaron la aberración de asesinar a sangre fría a los soldados alemanes. Teddy es claro, no lo justifica: aquello fue un asesinato. En Shutter island lo llamarían actitud no patriótica (la actitud que debe ser extirpada, ‘lobotomizada’).  photo OIR_resizeraspx_zps6484aea1.jpg  photo OIR_resizeraspx7_zps5964a9a5.jpg 'Mystic river’ (2003) era la adaptación de otra obra de Dennis Lehane. En su conclusión la comunidad optaba por el silenciamiento, el amordazamiento, acallar las vergüenzas, los errores y las aberraciones cometidas. El personaje de Sean Penn había practicado el ojo por ojo, había matado a alguien que había sido su amigo (el personaje de Tim Robbins), y aún más, había cometido un error, porque no era el responsable de la muerte de su hija. Sino que ironía sangrante, su amigo había sido en su niñez víctima de los abusos de unos adultos que portaban cruces y eran representantes de la ley. Bajo las aguas, se guarda la podredumbre. Bajo las miradas se escora la mezquindad. La sonriente mirada de su esposa, encarnada por Laura Linney, a la esposa de Tim Robbins era la mirada de lo terrible, la mirada que acalla, amordaza, la mirada que alienta a que sigan los desfiles mientras los gritos y los horrores se silencian. Así se erigen las comunidades, los países.  photo OIR_resizeraspx3_zps07458be9.jpg Siempre habrá islas silenciadoras, represoras (aunque se camuflen bajo miradas sonrientes y desfiles). Y la violencia es la entraña de la sociedad, de la naturaleza humana. Incluso de la divinidad, si existiera (reveladora y turbadora conversación la que mantiene con el alcaide): Imposición, dominio, pulsión de poder.Teddy intenta abrir una fisura en una construcción escheriana en la que se extravía (mordazmente premonitoria: el gesto de advertencia de una paciente de que guarde silencio: las preguntas son incómodas; la nota que le escribe otra paciente/reclusa: ‘run’/corre) . Le envuelven, atrapan, como una tela de araña, las construcciones ilusorias que urden alrededor y a través de él. Una retorcida trama con la que quieren sojuzgarle, con la que quieren hacerle creer que su identidad es la de aquel que perseguía, Andrew. Como si lo que intentaba esclarecer, dilucidar, no fuera más que una alucinación de su mente quebrada.  photo OIR_resizeraspx6_zpsc3324a26.jpg Pero Teddy, en un resquicio de su mente insurgente, aquella que no acepta subordinarse en un silencio sumiso que refrenda una versión tergiversadora y conveniente para el poder que institucionaliza una noción de realidad, aún es capaz de preferir no vivir como un monstruo, sino morir como un ser digno. A su compañero, Chuck, que no era policía sino médico del hospital (cómo ya se insinúa en las secuencias iniciales que no es quien dice ser cuando le cuesta sacar la pistola), al comprender su decisión (e intenta evitarla, ya que implica que le hagan una lobotomía), se le escapa su real nombre, Teddy, la última fisura en la representación, porque el telón se cierra con la última imagen, la del faro, la luz que ciega con su niebla, la luz que hará desaparecer a la mente insurgente, a la mente que preguntaba y quería ver demasiado.

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