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sábado, 4 de mayo de 2013

Principios de verano

 photo OIR_resizeraspx2_zps6c421dd5.jpg Un hombre anciano (Kokuten Kodo) escucha el canto de los pájaros, sentado ante el jardín del hogar de su hermano. Uno de los dos nietos de este entra en la habitación y le dice ‘tonto’, pero el anciano sigue con la mirada prendida en el fuera de campo, en el canto del pájaro. El niño sale al pasillo y le indica a su hermano mayor que no ha conseguido reacción alguna, que ha permanecido imperturbable. El hermano le dice que insista. El niño vuelve a situarse junto al anciano, y vuelve a llamarle tonto. El anciano se vuelve, y se ríe, divertido. El niño sale corriendo, el anciano se levanta, como si se incorporara una sonrisa, y sigue contemplando el jardín, ‘el canto del pájaro’.  photo 1_zpsc0ff1845.png La transición a la siguiente secuencia se realiza sobre un plano de una efigie de Buda, en un parque, ante la que está sentado el anciano, degustando los rayos del sol sobre su piel. A su lado está su sobrina, Noriko (Setsuko Hara), sonrisa hecha mujer, a quien pregunta, de nuevo, qué edad tiene. Cuando ella responde que 28, él señala que ya es tiempo de casarse. Ambos se sonríen. En esa secuencia se condensa el núcleo de esta sublime ‘Principios de verano’ (Bukashu, 1951), de Yasujiro Ozu, el núcleo que se irradia como luz a través de diversos rayos o pétalos. Aunque haya quienes intenten ensombrecerlo con su reacción cuando la elección de Noriko no sea la que esperaban, o consideraban conveniente o ideal.  photo OIR_resizeraspx_zps96469339.jpg Pétalos de una flor: Shukichi y Shige (Ichirô Sugai y Chieko Higashiyama), los padres de Noriko, sentados en un parque, tras afirmar que ha sido un hermoso día, contemplan cómo un globo asciende, ante lo que ella apunta que algún niño estará llorando por haber perdido el globo. Lo que para uno es un resplandor de alegría, para otro puede ser causa de lamento. Perspectivas, ángulos, paradojas. A Koichi (Chishu Ryu), el hermano mayor de Noriko, le molesta que su hermana se resista a plegarse a las tradiciones (o más bien a la voluntad masculina): Koichi se queja de que las mujeres se hayan vuelto tan descaradas, como no capta las sutiles puyas que le lanzan Noriko y su esposa Fumiko ((Kuniko Miyake), con respecto a que, del mismo modo que se queja de que su hermana no le respeta como debiera, él no respeta la voluntad de las mujeres, como por ejemplo, en ese instante, no permitiendo que su esposa, Fumiko, tome más cerveza. Noriko replica que las mujeres no son más descaradas, es que los hombres se creían demasiado importantes.  photo OIR_resizeraspx3_zps8ee43c7f.jpg Koichi está empecinado en que su hermana se case con un hombre, mayor de cuarenta años, que considera como el marido ideal, en cuanto a posición y atributos. El conseguirlo se convierte en una forma simbólica de imponerse ante la ‘disidencia’ femenina (Noriko le ha expresado que no es que no pueda casarse, es que no quiere). Por otro lado, no deja de ser irónico el hecho de las ‘sonrientes’ rivalidades entre las casadas y las solteras, como si habitaran dos dimensiones distintas, rivalidad en la que forcejean subterráneamente las nociones de status y de libertad (Fumiko llegará a reconocer a Noriko cómo le hubiera gustado tener más experiencia antes de casarse).  photo OIR_resizeraspx5_zps42acb292.jpg Los dos hijos de Koichi no hacen más que reclamar que les compre más vías para su tren eléctrico. El hijo mayor responde con una notoria pataleta cuando descubre que un paquete que trae a casa contiene una hogaza de pan, no más vías, reacción ante la que el padre pierde los estribos. Los niños, despechados, ‘desaparecen’, hasta que son encontrados en una estación. Vías férreas que no se construyen, puentes que no se crean, o que se queman, rebelión a un orden establecido. Noriko elige a otro hombre que, además, es viudo, y con un hijo, alguien en quien siente que puede confiar.  photo OIR_resizeraspx9_zpsea400f60.jpg  photo 1_zps408102e0.jpg Su decisión trastorna a su familia, particularmente a su hermano, que intenta hacerle ver que es una ‘tonta’, pero ella se muestra imperturbable, sin perder la sonrisa, mientras sigue escuchando su particular ‘canto de pájaro’, la decisión que dotará de armonía a su vida, en un ambiente rural, donde, precisamente, vive su anciano tío. El viento acaricia los frondosos prados. La cámara se desplaza, como la sonrisa de Noriko. Sus padres contemplan la procesión que acompaña a una novia. Los pétalos se disgregan. El tiempo pasa. Evocan la felicidad que compartieron. Comienza el verano.

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