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jueves, 2 de mayo de 2013

Mishima

 photo OIR_resizeraspx6_zps3f07593d.jpg "Pronto descubrí que la vida consta de dos elementos contradictorios: uno eran las palabras, que pueden cambiar el mundo. El otro era el propio mundo, que no tiene nada que ver con las palabras." De acuerdo a esas palabras, a esa visión, de Yukio Mishima, Paul Schrader estructura su admirable ‘Mishima’ (Mishima: a life in four chapters, 1985) a través de diferenciadas visualizaciones del presente (reflejo del difícil equilibrio entre la serenidad y la convulsión), del recuerdo y de la imaginación. El presente, con tenues colores ( como si se anunciara que la vida se va a apagar); la planificación, la sucesión de encuadres de espacios del hogar de Mishima (Ken Ogata) la mañana del 25 de noviembre de 1970, el última despertar de su vida, evoca la armonía serena, la completitud que emana del cine de Ozu (espacios, objetos, cuerpos, pétalos de un mismo racimo de vida).  photo OIR_resizeraspx4_zps79d5bd4d.jpg En cambio, un encuadre agitado, convulso, es el que refleja la pérdida de centro en el trance final, cuando, junto a cuatro acólitos, toma como rehén a un general, y suelta una soflama ante las tropas incitándoles a que se levanten para proclamar de nuevo la soberanía del emperador, recibiendo como respuesta la burla y el desprecio. El mundo no tiene que ver con sus palabras, no responde, el encuadre desespera, se desequilibra, no hay armonía, sino escisión. Su muerte, el seppuku, también se tiznará de temblores que enturbian la glorificación, o la condición sublime con la que se le quiere dotar al Gesto que es culmen (los temblores de la indecisión de quien debe rematarle y matarse a sí mismo).  photo OIR_resizeraspx_zps773f2ff3.jpg  photo OIR_resizeraspx2_zps484fc564.jpg El recuerdo, el espacio de las evocaciones de su pasado, se representan en blanco y negro, un mundo sin color que no pareció corresponder a los anhelos de Mishima, aunque a la vez tampoco él mismo respondería a lo que anhelaba ser, preso también de indecisiones y contradicciones (anhelaba servir en la guerra, y morir como un héroe pero opta por enfatizar su enfermedad, para parecer tuberculoso, y no ser dado como válido). El espacio de la imaginación desborda de color, como si desplegaran una arrolladora exuberancia. Tres son las obras que acompañan cada capítulo, cada evocación de un tiempo de su vida. En el primero, ‘Belleza’, ‘El templo del pabellón dorado’, en el que priman los colores verde y dorado. En el segundo, ‘Arte’, ‘Kyoko’s house’, con el rosa y el gris como colores predominantes, y en el tercero, ‘Acción’, ‘Caballos desbocados’, en donde predominan el negro y el naranja.  photo OIR_resizeraspx5_zpscca4b0fd.jpg  photo 55cd9042bc584363aea03d39dab8207a_zpsa415660b.jpg Los (fascinantes, prodigiosos) decorados, obra de Eiko Ishioka, evidencian su condición artificial, en ocasiones rodeados de una honda negrura. Logran dar cuerpo espacial a lo sublime. A veces, se retiran, para ser sustituidos con otros, como si se hubiera producido un desmoronamiento vital, como cuando el protagonista de ‘Kyoko’s house’ es golpeado en el bar, tras intentar defender, infructuosamente, a la dueña (también amante), después de que haya alardeado ante ella de los músculos que ha ‘cultivado’ en el gimnasio. La tarea del héroe culmina en lo patético, en el fracaso.  photo OIR_resizeraspx2_zpsea942454.jpg  photo OIR_resizeraspx8_zps4fb00e47.jpg Al protagonista de ‘El templo del pabellón dorado’, la belleza le superaba, inalcanzable para su tartamudez vital, como si nunca pudiera lograra ser parte de ella, disfrutarla, encogido espectador cuyo gesto se paraliza ante la contemplación de lo admirado, divinizado/idealizado (ese imponente retrozoom que distorsiona, confunde, perspectivas, cuando intenta tocar el pecho en primer plano, con el pabellón al fondo); por eso el templo/la representación de lo ideal, debe ser arrasado, incendiado, para no sentir las propias carencias y limitaciones; o sino, como él mismo, Mishima (la recreación del martirologio de San Sebastián, buscar el castigo, infligirse daño, por no ser como quisiera ser, por no rimar en belleza con lo que se anhela (el ideal); la sublimación en el dolor.  photo 4bc1fe2d19224019b37ca323046a2812_zps7b1f96e9.jpg Como hay otra derrota anunciada, el cuerpo se degrada lentamente, el vigor del mismo, por mucho que se cuide, degenera. Como por mucho que el arte despliegue su cuerpo como una pluma de resplandeciente trazo y aguda frase, la realidad siempre tumbará su ímpetu con su grisura, con su violencia, con su degradación, física, moral.El último capítulo se titula ‘La armonía de la pluma y la espada’. Si el mundo no respondía, si las palabras no lograban transformar el mundo, ni hacer del ideal cuerpo, como este sería derrotado por el tiempo, se hacía necesario unir ambos, hacer de la acción obra de arte, la culminación de una actitud de vida, plegar el mundo a una voluntad.  photo OIR_resizeraspx3_zps0f027084.jpg  photo 914d550fd63a481db17c4afa3fa9ac8f_zps40d5ba87.jpeg Aunque se encontrara con el escarnio como respuesta, y su gesto quedará deslucido por lo grotesco, por el sudor del miedo que descascarilla las glorias, por la suciedad de lo real que interfiere en lo sublime. Entre sus obras, ‘Mishima’ es aquella de la que Schrader se sentía más orgulloso, la que consideraba su principal logro, donde había conseguido ‘afinar su pluma’. Quizás, aunque ‘American gigolo’ (1980), ‘El placer de los extraños’ (1990), y, en especial, ‘Posibilidad de escape’ (1992) o ‘Aflicción’ (1997), me parecen logros de parecida envergadura.  photo OIR_resizeraspx_zps26f7674c.jpg  photo OIR_resizeraspx9_zps24b81c38.jpg

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