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jueves, 23 de mayo de 2013

En el corazón de la mentira

 photo 3_zps04efe3a1.jpg La cámara se desplaza hacia el vacío. Del rostro al vacío. Del rostro agitado, turbulento, convulso, incierto sobre el que otros proyectarán sus dudas, y suspicacias. El rostro que desespera, que siente que las sombras siempre se cernirán sobre él, que la cojera que arrastra será su condena a una vida que siempre cojea, con la que siempre se tropieza, porque la fatalidad le persigue. Es el rostro de un pintor, René (Jacques Gamblin) uno de los personajes más apasionantes que han transitado la obra de Claude Chabrol, que dota de una fronteriza vibración en suspenso a la narración de ‘En el corazón de la mentira’ (Au cour du mensonge, 1999). De ahí que me parezca una de sus obras más sugerentes, a la par que más esquivas ( o quizá, escurridizas) de su autor.  photo OIR_resizeraspx24_zps759ed515.jpg Ese desplazamiento hacia el vacío se produce tras la secuencia de presentación, en la que René imparte clases de dibujo a una niña de diez años. René, ya en el exterior, observa cómo abandona su casa. La cámara se desplaza hacia el vacío. En ese vacío se encontrará, en el bosque, el cadáver de la niña. Pero no es sino una excrecencia más de rostros que no son lo que parecen, o cómo se presentan a los demás. Rostros difíciles de descifrar, o rostros que no ocultan sino el vacío, rostros que son carteleras que prometen horizontes y son desvíos a la nada.Ese vacío es el corazón de la mentira. Un vacío que puede poseer sus atributos grotescos, como refleja la actitud del forense ante los cadáveres. Pero es un vacío que también hiere. Tantos silencios amordazados, tantas emociones que no se comparten, que no se exponen.  photo OIR_resizeraspx6_zpsd6e67a4a.jpg Quién sabe que se agita en los rostros de aquellos con los que se convive. Se espera, en ocasiones, signos como cabos en la oscuridad, pero sólo parece sentirse un rumor de olas contra las rocas. Vivianne (Sandrine Bonnaire), esposa de René, encuentra en la arrogante vanidad del célebre escritor Germaine (Antoine Des Caunes) una frivolidad, una ligereza, que parece dotar de ilusión de vuelo a su vida estancada, tan rebosante de gravedad, de penumbras de afectación. Es masajista pero siente que no toca las entrañas de su esposo. Siente que se le escurren entre sus emociones, que se quedan suspendidas en la interrogación. La mirada de René parece agostada en sus esquinas, como si se hubiera replegado en un silencio que aún oculta bajo más escombros cuando las investigaciones de la inspectora Lesage (Valerie Bruni Tedeschi) parecen cercarle como sospechoso. O eso siente él, porque siente que el mundo en sí no deja de cercarle.  photo OIR_resizeraspx2_zps4f7a3474.jpg  photo OIR_resizeraspx5_zps4b1df319.jpg Pero esa torre con la que contemplar otros horizontes es un fuego fatuo. Cuando Vivianne retorna de un frustrante encuentro con Germaine se encuentra con un cuadro de René en el que refleja lo que sospecha, lo que ella ha hecho, se encuentra en el cuadro con una desnudez que le representa a ella, y le enfrenta a su propia mirada, a lo que había desenfocado, pero también revela a la mirada, de René, que había permanecido borrosa, en sombras. Ahora las palabras, las manos, las miradas, muerden, sollozan, expresan cómo para él ella es su vida. Un rostro esquivo que revela cuál era el centro de su mirada para quien pensaba que ya miraba esquiva hacia otro lado. René se sentía en el país de los muertos. Viviane no escuchaba ya su voz, la voz que necesitaba de ella para sentirse vivo, para renacer. Para sentirse presencia, para sentir que no se extraviaba en las fronteras que le sumían en un precipicio, ese que arrastra a un vacío de imposturas, simulaciones, y rostros cerrados.  photo OIR_resizeraspx3_zps16e8d189.jpg

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