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miércoles, 8 de mayo de 2013

Dark city

 photo OIR_resizeraspx_zpsa803b928.jpg La ciudad prisión, la ciudad laberinto. Como la identidad puede ser una prisión, un laberinto. Si despertaras sin recordarte ¿Quién serías? ¿Quién podrías ser? De la oscuridad se surge, como si fuera la pantalla blanca, o la página en blanco, explorándose, interrogándose, quizás inventándose. Pero ¿y sí tu identidad, lo que crees que eres, lo que recuerdas, lo que sueñas y anhelas, estuviera predeterminado, configurado por una voluntad ajena, por un imaginario colectivo? La realidad es como nos la presentan, indicaba el director de puesta en escena de ‘El show de Truman (1998), de Peter Weir.  photo OIR_resizeraspx_zps9ee884ce.jpg ¿Es real ese mundo que vives, o es (también, a la vez) una experiencia virtual, condicionada, una ficción, y eres parte de una Matrix? Vives rodeado de oscuridad, y lo ignoras, una oscuridad de posibles, de lo real no explorado, más allá de las carteleras con las que te presentan la realidad, el decorado que te contiene y limita, aquel decorado con el que se golpeaba la proa del barco en la obra de Weir, ese cartel de Shell Beach que parece el minotauro con el que encontrarás la raíz en el laberinto, quién eres, tu condición de materia moldeable, de oscuridad que ha sido configurada. El proyector surca la oscuridad, la ciudad oscura (dark city) que habitas y tu vida es dotada de trama, tu personalidad de caracterización, lo que debes desear, lo que debes anhelar, lo que debes asumir y aceptar.  photo OIR_resizeraspx2_zps24d24f6b.jpg ‘En el principio era la oscuridad, luego llegaron ‘los extraños’, que tenían la capacidad de modificar la realidad física’. Esas son las palabras con las que se inicia ‘Dark city’ (1998), de Alex Proyas. La voz que las enuncia es la del doctor Schreber (Kiefer Sutherland). Es una lástima que Proyas, como él mismo reconoce, se plegara a hacer esa concesión a los productores, ese texto introductorio que se convertiría en mapa orientativo para el espectador, para que no se extraviara. Pero el extravío, la incertidumbre, la ambivalencia, la incógnita, eran parte consustancial del desarrollo o entramado narrativo. El nombre de Schreber proviene de la principal inspiración para Proyas, la obra ‘Memorias de mi enfermedad nerviosa’, de Daniel Paul Schreber, un juez alemán que padecía de psicosis paranoide, narcisismo y posiblemente esquizofrenia.  photo OIR_resizeraspx4_zpsb44732bb.jpg El comienzo debería haber sido Murdoch (Rufus Sewell) despertando en la bañera, sin recordar quién es, y enfrentándose a una identidad supuesta, a una esposa que supuestamente ama, a un mundo de oscuridad, donde la realidad parece transfigurada, una combinación de diversas décadas, y aún más, una realidad que se modifica cada veinticuatro horas. Todo el mundo parece caer dormido, y la ciudad se transforma, los edificios se mueven, alteran, desaparecen o aparecen, como las identidades de sus habitantes se modifican, se borran o se configuran. La identidad es una materia reciclable. Mañana no serás lo que ayer fuiste. El edificio donde vivías no existirá. Marioneta, hilos invisibles te modifican como si fueras una pantalla en blanco donde se pueden montar infinitas películas. Pero ese texto introductorio desaloja la posibilidad de la sustanciosa ambivalencia.  photo 5_zpsba71de19.jpg No hay duda: Murdoch es perseguido por esos ‘extraños, unos inquietantes seres que asemejan al Nosferatu de la obra de Murnau, de piel blanquecina y ataviados con oscuros gabanes y sombreros de fieltro, que habitan en un mundo subterráneo, coronado por una gran pantalla, siniestras criaturas ataviadas de cuero negro. Sin ese prólogo se hubiera acentuado, propiciado, una estructuración narrativa construida sobre el ‘extrañamiento’, la interrogación. ¿Es real lo que percibo, es enajenamiento? La incertidumbre sería su dinamo. Porque Murdoch se siente un extraño, es como si se persiguiera a sí mismo, intentando comprender qué es, quién es, cuál es la sustancia de la naturaleza humana (como intentan comprender con sus ‘experimentos’, variaciones y reconfiguraciones de ámbito e identidad, ‘los extraños’, que nos han convertido en ratas de laboratorio en un laberinto que es prisión).  photo OIR_resizeraspx8_zpsbc2897ae.jpg  photo OIR_resizeraspx7_zpsd52a34c1.jpg Proyas reconoce que también realizó otras concesiones. Sorprende su lacónica duración, 90 minutos, para lo que suelen durar este tipo de obras, y no sé si indica lo que se taló en su trayecto dramático, que quizá limite la propulsión emocional que pudiera haber alcanzado ese itinerario en precipitación hacia una oscuridad originaria, un abismo en el que te enfrentas con tu ausencia de rostro, de rasgos, como si tu perfil fuera la posibilidad de incontables perfiles. Como quien crees que amas, quizá sea en el próximo despertar, en la próxima configuración, una extraña que no reconoces.Al año siguiente se estrenaría ‘Matrix’ (1999), de los hermanos Wachowski, que conseguiría toda la resonancia de la que careció esta estimulante ‘Dark city’, la cual, aunque en sus minutos finales derive en la convencional conclusión pirotécnica, no incurre en las contradicciones estilísticas de ‘Matrix’ (en especial en su último tercio, de pura traca, en la que incurre en lo que presuntamente pone en cuestión: la banalizadora espectacularización ).  photo OIR_resizeraspx9_zps6d7f8b43.jpg ‘Dark city’ resulta una propuesta de lo más sugestiva, tan sorprendente como potente, con un diseño visual admirable (fascinante el trabajo con las luces, las sombras y la gama cromática por parte de Darius Wolzik), por esa condición de hibrido estético, en la que se conjugan el cuero negro de las criaturas ‘extrañas’ con los iconos del film noir, en la estela de ‘Blade runner’ (1982), de Ridley Scott, al lado de la cual tampoco desmerece, aunque le falte su potencia dramática, emocional. ‘Dark city’ es un cautivador trayecto a la realidad como sala de proyección o sala de montaje, en la que somos espectadores y actores y modelos a un mismo tiempo. Sombras que en algún momento recordamos que no somos resortes.

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