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miércoles, 10 de abril de 2013

The Terence Davies Trilogy

 photo OIR_resizeraspx2_zps4a537b41.jpg La brutalidad como acción, el dolor como pasión: la brutalidad como dinámica, el dolor como térmica. ‘Trilogy’ (1984), de Terence Davies, conjuga tres cortometrajes ‘Children’ (1976), ‘Madonna and the child’ (1980) y ‘Death and transfiguration’ (1983), pero unidos conforman el trayecto de una vida, un largometraje, la soberanía de la belleza, el desgarro de unas entrañas. Robert Tucker es un trasunto de Davies. El plano inicial de ‘Children’ nos introduce en un patio de un colegio, la disposición de los niños, su actitud, sus movimientos, delatan una tensión, una confrontación. Tucker es objeto de burlas, y de humillaciones por su condición homosexual. En el aula, también se marcan las relaciones de poder que determinan unas posiciones en la jerarquía; la amenaza de infligir un castigo, una violencia, como forma de instituir una subordinación. En el hogar, supuran la pesadumbre, el resentimiento, la agresividad de un padre que es grito y puño. La madre, abrazo en la intemperie, lágrimas en un trayecto que es inmóvil.  photo OIR_resizeraspx_zps56a93946.jpg Davies alterna tiempos: como incrustaciones, como si fueran cicatrices no cerradas, planos de Robert adolescente, lacónico, de expresión deshabitada, como si viviera un tiempo fracturado, como fracturadas están sus entrañas. Planos de un intenso y cerrado tráfico, con Robert intentando cruzar la calle, una figura perdida en el plano. Conversaciones con un terapeuta que espera que ya sienta deseos por las mujeres. Un deseo agredido, estigmatizado por una invisible vara ardiendo, que no permite que brote a la luz (con luminosidad). Los estallidos de violencia del padre son como las arcadas de la bilis de la frustración. Transiciones que son reflejo de un condena, de una continuidad que es inmovilización: El Tucker adolescente entra en el autobús, en el interior está el Tucker niño junto a su madre; un largo plano lateral encuadra a ambos mientras el autobús se desplaza, hasta que se da el cambio de plano, a uno frontal, acompasado a los sollozos de la madre. Un último plano encuadra al adolescente, en un plano picado, descendiendo del autobús. Aún sigue en un pasado que es dolor, condensado en el plano de cierre de ‘Children’, un plano de alejamiento que le encuadra en la habitación donde sollozaba, en aquella prisión cuyos barrotes siguen oprimiéndole.  photo OIR_resizeraspx3_zpsd7210f49.jpg En ‘Madonna and her child’ la institución reclusiva que toma el relevo es la desertizadora actividad laboral, convertido en número, función, y apariencia, porque su deseo sigue siendo satisfecho en la oscura clandestinidad, en las catacumbas de las sombras, esas que son estigmatizadas por la represora, como clavo ardiendo, instancia religiosa, el tétrico catolicismo, de sublimación de la renuncia y el padecimiento, de la asunción de la vida como vía crucis a soportar con la cabeza gacha. En ambos espacios de vacío comprimido, el laboral y el religioso, la agonía de la compulsión de la repetición y la enfermiza y mórbida pulsión de muerte, convertir el castigo en placer, la oscuridad en refugio donde brota el grito del cuerpo convulso. Los planos iniciales revelan el ansia de vuelo, de ligereza, y de movimiento real, confrontado con la gravidez de un dolor, de una atenazada inmovilidad vital, de una impotente congoja: las gaviotas, el ferry avanzando en el río, el travelling hacia su rostro surcado por el llanto: movimiento quebrado por los recuerdos, lastres y garfios en sus entrañas.  photo OIR_resizeraspx4_zps42db11b4.jpg El único espacio de afecto, de calidez, lo encuentra con su madre, desplegado en una ternura mutua, destilándose en esos planos conjuntos el pesar ante la destrucción del paso del tiempo (los efectos del mismo en el rostro y cuerpo de su madre, en su fragilidad creciente). Espacio de apariencias y encierro, espacio de deseo, las tinieblas: Un travelling lateral (acompañado de música sacra: la música, en su cine, siempre es el espacio de lo sublime posible, de la vida deseada, la belleza que se canta para conjurar las sombras que duelen) hacia la derecha recorre las mesas en la oficina donde trabaja, desde su rostro hasta el de otra compañera, la cual le pregunta si ha hecho algo especial el fin de semana, a lo que él responde, grave y cabizbajo, que no. El siguiente plano lo encuadra en una de sus evasiones nocturnas, una sombra que intenta no hacer ruido al descender las escaleras para no despertar a su madre (aunque está despierta, y con expresión apesadumbrada como quien se resigna a la tristeza furtiva de su hijo, en busca de un placer liberador).  photo OIR_resizeraspx6_zpsd3ae5d70.jpg Otro travelling en la oficina, pero en dirección opuesta, se alterna con un plano de Robert intentado acceder a un club homosexual, sin que haya contraplano de quien le niega la entrada. Un espacio en el que está atrapado, obstáculos. La vida postrada en la negación, en la contorsión. Robert enumera con su confesor sus pecados, aunque omite el de su práctica sexual; en el siguiente plano, con la oscuridad como fondo, Robert abre la boca para iniciar una felación, una imagen que evoca el grito de Munch; la cámara encuadra sus manos asiendo el culo del otro hombre como si agarrara la vida con su grito. Soledad, angustia, ambiente moral y costumbres represoras que transpiran aire viciado. La imagen nos muestra iconos religiosos, mientras en off se escucha la conversación telefónica entre Robert y un tatuador, en la que el primer le pide que le tatúe su pene, y brega con las reticencias del segundo. En otro plano, lame el dedo índice de un amante, que extiende como Dios en la obra del techo de la Capilla Sixtina. Davies tampoco deja de utilizar el áspero sarcasmo para desentrañar la falacia del ritual de confesión, y su irrisoriedad, su falta de sentido, la vana ayuda y consuelo que pueda reportar, en el plano intercalado de la confesión en su niñez, donde Robert, en la oscuridad, equivoca la posición del confesor que irrumpe detrás suyo para orientarle.  photo OIR_resizeraspx8_zpsea78c645.jpg ‘Death and transfiguración’ es el último tramo, que culmina con la muerte, de una vida que ha sido permanente forcejeo con la cosificación a la que ha sido sometida, en la que el cuerpo ha ardido entre convulsiones para no ‘desaparecer’ del todo. Aunque su larga agonía, sus últimos estertores (una de los secuencias más sobrecogedoras y demoledoras que ha deparado el cine: el cuerpo que ‘desaparece’ que alarga la mano hacia su ‘divinidad’, el cuerpo joven, la representación de la sensualidad), son la constatación de lo que ha sido su trayecto de vida, su agonía en vida, su derrota, por la sociedad represora, por el tiempo que ha degradado su cuerpo. Esa realidad que ha hecho de su vida un túnel. Y a él convirtió en una sombra. La vida, una bolsa de té que no dejas de mojar, hasta que se arruga, y se desintegra.  photo OIR_resizeraspx7_zps909ad219.jpg ‘Death and transfiguration’ se inicia con el plano de un crepúsculo en la ciudad, prosigue con una comitiva fúnebre hasta el cementerio, un par del planos de Robert llorando mientras acaricia prendas de su madre, para culminar con el plano del horno crematorio en el que arde el féretro con el cuerpo de su madre. No se puede ser más fulminante en su sintética intensidad emotiva. En este último tramo se alternarán planos de la vejez de Robert con otros de su madurez y su niñez, alcanzando grados de emoción tan brutales que llegan a ser insoportables. Las secuencias de su niñez reincidirán en la tierna relación con su madre. Ahora en tránsito a una inminente muerte, a una incierta oscuridad, se evoca vestido de ángel en una conmemoración escolar o recriminado por una monja, en un pasadizo que oscurece la figura de la misma, ya que llega tarde al colegio.Asocia un plano en el que entra en el aula, y se escucha cómo es saludado por la maestra, con las palabras de la enfermera que le cuida en el hospital ahora anciano.  photo OIR_resizeraspx5_zps746d4dfe.jpg La cámara se desplaza desde el rostro de expresión vaciada de Robert anciano, en su silla de ruedas, en el pasillo del hospital -mientras en off se escucha a un médico enumerar las características y consecuencias de su enfermedad -, hacia la ventana próxima, donde caen gotas de lluvia, retornando la cámara a su emplazamiento original para ahora encuadrar a Robert años antes , todavía en su edad madura, en una de sus primeras visitas a su anciana madre –en off, sobre este plano y el siguiente, un plano general que muestra a Robert entrando en su habitación, se escucha la conversación entre ambos en la que ella le insta a que no sufra con su desaparición. A continuación, enlaza con un plano en el que Robert es testigo de cómo fallece su madre, cómo ‘se desvanece’. Pocas obras han reflejado con tal potencia dramática y emocional, con tal ingenio expresivo, una vida carente y subordinada, conjugada con la proyección del deseo de una existencia (de una forma de habitar la vida) ‘realizada’ en la exuberancia de las emociones y los sentidos, de fundir en la complicidad de los cuerpos, del deseo y la ternura, la intemperie, el extravío y el desarraigo vital. Y es que el ser humano, entre escamoteo y escamoteo, finge que es soportable lo insoportable. Lo escribió Thomas Bernhard en ‘La calera’: El mundo ya no instintea.  photo OIR_resizeraspx_zpse0768205.jpg Flashback 1. Este texto es una revisión de otro que escribí en un estudio sobre las dos primeras obras de Terence Davies ‘La fractura del tiempo’ que se publicó en Solaris (Nº 0, Enero-Marzo, 1990), la revista que dirigí. Tiempos de vida en proyecto, de pensamientos que empiezan a articular los balbuceos de sus exploraciones. Ilusiones como antorchas que alumbren el incierto horizonte. Flashback 2. Si no recuerdo mal, creo que el deslumbramiento/alumbramiento con esta prodigiosa obra fue en el Festival de Barcelona de 1989. Aunque era una nueva confirmación de una sensibilidad excepcional: Ya se había producido la ‘revelación’ con el reciente estreno de ‘Voces distantes’ (1988). Algo de lo que me enorgullezco: Ese mismo año trabajé en el Festival de Cortometrajes y documental de Bilbao, y sugería al director que la programaran. Inolvidable ver las expresiones conmovidas, ‘sacudidas’ en sus entrañas, conmocionadas, tras la proyección.

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