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martes, 16 de abril de 2013

La jauría humana

 photo OIR_resizeraspx7_zps8454957f.jpg Hay películas que electrocutan como un grito abrasado, el grito de la desolación ante el abismo de la voraz capacidad de iniquidad y abyección de esa criatura llamada humana. Es el caso de ‘La jauría humana’ (The chase, 1966), de Arthur Penn, de narrativa progresivamente crispada, como si se sofocara, asfixiara, lentamente, mientras se aplica un tizón ardiendo. El título original es ‘La persecución’ (The chase). Lillian Helman, que adapta la obra de Horton Foote, estuvo en el punto de mira de la persecución del comunista realizada por el Comité de actividades antinorteamericanas (HUAC). La ‘presa perseguida’ es Bubber (Robert Redford), fugado de la cárcel, y sospechoso de haber asesinado a un vendedor en su fuga (aunque el crimen lo realizó su compañero de huida).  photo OIR_resizeraspx11_zpsec4a5165.jpg La persecución adquiere una dinámica que parece invertir el proceso habitual de ‘caza humana’. Es la presa quien, como si fuera atraída, absorbida, por un agujero negro, retorna, involuntariamente (por equivocar direcciones, al coger un tren), al punto de partida de su ‘caída libre’, su pueblo natal; hay un fatalismo que supura en el ambiente: no hay posibilidad de huida de la raíz podrida, que se propaga como una contaminación irreversible: las miasmas del abismo de la América profunda.Pero no es la única persecución. Hay otras, enmarañadas: Mrs Reeves (Miriam Hopkins), la madre de Bubber, persigue una respuesta, que nunca hallará, a la pregunta de qué ha hecho mal, en qué se ha equivocado en la educación, para tener un hijo que se ha convertido en una ‘complicación’, un tallo torcido que no supo, o no quiso, crecer en el tiesto de las plantas integradas.  photo OIR_resizeraspx12_zpsac731b2d.jpg Briggs (Henry Hull) persigue con su rapacidad la desgracia de los demás, ya sea incrementando, con delectación, los intereses a los granjeros a los que presta dinero, o acechando, para sembrar cizaña, o para degustar el olor de la carroña, donde la desgracia se incendia (el hogar de los Reeves, la comisaría). El potentado Val Rogers (E.G Marshall), que se ha enriquecido con la extracción de petróleo, acostumbrado a que todos le complazcan, persigue a su hijo, Jake (James Fox), que le rehúye, que quiere deshacerse del yugo de su sombra. Anna (Jane Fonda), la esposa de Bubber, y Jake persiguen lo que ya sienten que es demasiado tarde para lograr: materializar, por fin, su amor, ese que sienten desde que eran casi niños, y que han mantenido retenido, entre las sombras clandestinas, y por las indecisiones y orgullos (fue ella la primera que se casó, aunque no haya anhelado algo más en su vida que oír de labios de Jake una propuesta de matrimonio).  photo OIR_resizeraspx10_zps917b49c8.jpg Y la jauría humana, esa que no pertenece a la clase baja, la que nutre los puestos intermedios en las jerarquías, los esbirros que alimentan el sistema, que procuran que se instituya y se mantenga, que persiguen en las noches de los sábados liberar sus frustraciones, su mezquindad, sus envidias y amarguras, la embrutecida patulea que compone ese espectro llamado ‘normalidad’ regido por la doblez (la mitad de la población se acuesta con alguien más aparte del propio marido o la propia esposa, si es que lo hacen con estos). Representativos son ambos vicepresidentes del banco de Rogers, el servil y medroso Stewart (Robert Duvall), y el arrogante macho alfa Damon (Richard Bradford), uno de los componentes de los miserables ‘tres mosqueteros’, cuyas espadas son pistolas que desenfundan a las primeras de cambio, junto a Lem (Clifton James) y Archie, que no emite palabra excepto para evidenciar su racismo (extenso a otros tantos y tantas del pueblo). No es de extrañar que la conclusión tenga lugar en un desguace, cuando el espectro humano predominante, por su miseria de desguace ético, es su correspondencia.  photo OIR_resizeraspx9_zpsad4b1e10.jpg  photo OIR_resizeraspx8_zps9431fcfa.jpg El sheriff, Calder (Marlon Brando), también persigue algo, aunque algo diferente del resto, persigue huir de esa comunidad y de ese trabajo porque de una y de otro está ya asqueado. Persigue algo que parece imposible si se quiere conseguir una posición dentro de la sociedad, no aceptar favores porque estos te dejan en deuda, y las relaciones se establecen, como escribió Max Frisch, sobre intercambios de egoísmos simulados. Su integridad, su irreductibilidad al servilismo, su falta de complacencia, será despreciada, hasta se puede decir que perseguida, acechada, durante largo tiempo, porque es envidiada, hasta que es golpeada, linchada, brutalmente en una de las palizas más desoladoras que ha dado el cine. Como los puñetazos que da Calder, en la secuencia final, a quien ha asesinado a Bubber (en cuyo crimen hay ecos del realizado sobre Lee Harvey Oswald) son los más electrificantes y necesarios contemplados en una pantalla. Aunque también los más desesperados, e impotentes. Nunca dejará de haber jaurías humanas. Nunca dejará de haber persecuciones.  photo OIR_resizeraspx3_zps557d5e7b.jpg  photo OIR_resizeraspx2_zps313660cd.jpg  photo OIR_resizeraspx_zps8eebe593.jpg  photo OIR_resizeraspx6_zps3de9c612.jpg  photo OIR_resizeraspx5_zpsa411e5de.jpg  photo OIR_resizeraspx4_zpsd1861a21.jpg

1 comentario:

  1. Arthur Penn nos revela en "La jauría humana" la degradación del individuo, el "homo homini lupus" instigado por su carácter depredador que persigue insaciablemente lo que es diferente. Un drama tan intenso como desgarrador. Resulta escalofriante la eterna vigencia de su temática social. Un cine imprescindible. Necesitamos más películas como estás y más cineastas como Ken Loach. Por cierto, de Arthur Penn también destacaría otros grandes títulos como "Bonnie and Clyde" y "Pequeño gran hombre".

    Un saludo:)

    Silveria

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