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jueves, 25 de abril de 2013

Fresas salvajes

 photo OIR_resizeraspx9_zps32b5ecc0.jpg ¿Cuándo se dejó atrás la vida el médico Isak Borg (Victor Sjostrom), protagonista de ‘Fresas salvajes’ (Smultronstället, 1957), de Ingmar Bergman? ¿Cuándo sus facciones se desvanecieron en un gesto crispado que no era sino el anverso de la esfera de un reloj sin manecillas? La inminencia de una inevitabilidad, la salida del escenario de la vida con la caída final del telón, la muerte ( la jubilación como su prefacio, el paso a una sala de espera que ya es retiro de la vida), le enfrenta a lo que ya no podrá ser pero también, como si ya no hubiera un adelante, cuando vuelva la vista atrás, a lo que no pudo ser, o no fue capaz de ser, la trama del tiempo pasado que reaparece en su mente para devolverle el rostro del que fue y del que pudo ser tras las desdibujadas facciones de sus emociones, extraviadas, enquistadas en el reloj sin manecillas, que ahora palpita como un corazón al que comienza a reanimarse.  photo e9d24f971de54118aa00463f679bc308_zpsfab1c0ec.jpg En su viaje en coche (en vez de elegir la opción más cómoda del avión) a Lund, para recibir el grado de Doctor Jubilaris por la Universidad, habita el tiempo: presente y pasado se entrelazan en una conversación que le hará verse en su raíz, en lo que desperdició, en lo que le convirtió en un espectro en vida, en una simulación, en una rígida y meticulosa identidad crispada, y ratificar sus últimos pasos en la vida como una celebración de la presencia, que habita con los otros, a los que quizás pueda influir para que no sigan sus mismos mustios senderos.‘Nuestras relaciones consisten sobre todo en discutir y valorar cómo son los demás. Esto me ha llevado a renunciar prácticamente a cualquier tipo de compañía’, son sus primeras palabras. La constatación de su retiro y separación de la vida, de los otros, recluido en la vitrina, o cámara presurizada, de su Tarea (centro de su existencia): el argumento para la elección de una vida inmóvil.  photo OIR_resizeraspx6_zps86eaff85.jpg El trayecto en coche, el viaje, supondrá un movimiento hacia atrás que revele por qué se convirtió en alguien encerrado en sí mismo, que le rescatará de su atasco para propulsarle de nuevo hacia un adelante. Se podría decir que Borg es una variante del Scrooge dickensiano. En el viaje le acompaña el fantasma del presente, Marianne (Ingrid Thulin), esposa de su hijo Evald (Gunnar Björnstrand), del que se ha separado, por su reticencia a tener hijos, a fundar vida. Evald hace de su vida una réplica de la de su padre, porque, en buena medida, no quiere propiciar, recrear, su frustrada experiencia como hijo. Marianne, fantasma del presente, porque es negada como cuerpo, apartada como opción de vida, de generar vida; Evald ya se anuncia como alguien que se convertirá en aquel o aquello que rechaza, otra figura inmóvil como su padre.  photo OIR_resizeraspx4_zpsc1668a93.jpg  photo OIR_resizeraspx3_zpsbe9d4a73.jpg Borg conversa con el fantasma del pasado, Sara (Bibi Andersson), la mujer que amó. Evocación y sueño se conjugan, se confunden, como Borg interactúa con su propio pasado, en el mismo espacio, incluso en el mismo plano, conversación, incursión, que a la vez se constituye en nostalgia de una Arcadia (‘El lugar de las fresas’, traducción del título original; el espacio ideal, la armonía añorada). Borg escucha las conversaciones que nunca pudo oír, y que no dejan de ser residuos de una frustración no superada, el amor no realizado, ya que Sara eligió a su hermano Siegfried.El tiempo son ciclos, repeticiones, leves variaciones. Otros rostros, parecidos escenarios, semejantes dramaturgias.  photo OIR_resizeraspx7_zps47744a04.jpg En el viaje se unen a Borg y Marianne, tres autoestopistas, una chica y dos chicos. A ella le interpreta la misma actriz que al amor pretérito de Borg, Bibi Andersson, quien también se encuentra escindida entre dos chicos. Si para Sara, Borg era un niño en cuerpo de adulto de talante denso y grave, que parecía ante todo vivir en su mente o en sus modelos morales, y su hermano alguien más descarado y vivaz, en los dos chicos del presente se corporeizan el racionalismo escéptico de uno (para quien el ser humano sólo tiene que importarle lo único real, y concebible, que no es una fantasía, él mismo y la muerte, y como conjunción, el absurdo) y el lirismo idealista del otro, quien aspira a ser Pastor de la iglesia (quien está convencido de que el ser humano no sabe convivir con el absurdo ni con la muerte, y necesita la fe en algo más allá que dote de sentido, y calidez, a su vida). No deja de ser elocuente que, cuando le piden su opinión, Borg responda con unos versos: como si fuera la sangre que manara de la herida que mantuvo grapada con su retiro de la vida.  photo OIR_resizeraspx8_zps55207967.jpg  photo OIR_resizeraspx45_zpsfb5f31d7.jpg En el trayecto se cruzan con dos modelos de pareja, primero con una pareja enquistada en los violentos reproches, como si fuera el eco de aquello en lo que derivó la vida de Borg, y, posteriormente, con una pareja más joven, con una variante más luminosa, la del gasolinero, Henrik (Max Von Sydow), y su esposa embarazada quienes, con sus sentidos agradecimientos por su labor pretérita como doctor en la zona, le enfrentan a la vida, más plena y radiante, por la que quizá podría haber optado. Dos relaciones que le confrontan con lo que fue y con lo que pudiera haber sido. Transfiguración: La rueda atascada en la que parecía sumida su vida (como la del coche fúnebre en una farola en el sueño inicial) se convierte, gracias a este viaje que es confrontación consigo mismo en el espejo del pasado, pero también con los reflejos del presente y los posibles futuros (la relación de su hijo), en una rueda que gira de nuevo como una sonrisa que despega las comisuras de sus entrañas. Todavía hay un adelante.  photo OIR_resizeraspx2_zpsb78c006e.jpg  photo OIR_resizeraspx_zps2258d975.jpg

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