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viernes, 12 de abril de 2013

El lugar de la mujer

 photo OIR_resizeraspx_zps910fafa4.jpg En ‘El lugar de la mujer ‘ (Onna no za, 1962), de Mikio Naruse, la presencia de Chishu Ryu, el retrato coral de una familia, como si se capturara un fragmento de vida, unos pasajes que pueden ser otros tantos, así como la cuestión específica de encontrar marido para la hijas puede evocar al cine de Yasujiro Ozu, caso, por ejemplo, de la reciente ‘Otoño tardío’ (1960). También la serenidad de su mirada, de su respiración, el equilibrio que rezuma. Vínculos, miradas afines. Ryu interpreta al padre ya anciano, que nos es presentado en cama tras haber realizado el insensato esfuerzo de intentar mover una roca. Queda condensada, representada, en su acción la roca de la rígida mentalidad japonesa, de su obtusa y obcecada observación de una tradición, en la que la mujer es una figura subordinada.  photo OIR_resizeraspx7_zps4ce31a09.jpg  photo OIR_resizeraspx2_zps6d7e39e0.jpg El papel de la mujer, su horizonte, quedaba restringido a encontrar marido (a poder ser ya solucionar la vida entre los 20-25 años), aunque conllevara frustraciones, que quien le interesara o atrajera no le correspondiera o le movieran otros intereses. Sus limitaciones de maniobra para ser autosuficientes se evidencian en su restricción a trabajos de bajo rango, como camarera, o reductos de una tradición cosificadora de unos roles, como profesora de diseño floral. Ya solventado el paso, en el que también opinan otros componentes de la familia, se dependía de si el marido sabía ser adecuadamente pragmático, para mantener la estabilidad material del hogar; su despido suponía que, como extensión de su marido, le afectaran del mismo modo las privaciones. Es un complemento, o duplicado.  photo OIR_resizeraspx3_zps8bba0d8c.jpg En ciertos casos, invisible, o confundida con el mismo entorno doméstico, como si fuera un mueble más del hogar, ignorada, porque el marido no la considera digna de atenciones, cuando, en cambio, no deja de mostrarlas con otros. O confrontada a su frágil posición en situaciones extremas, cuando desaparecía aquel de quien dependía, con el desafortunado imprevisto de la muerte del marido, lo que determina el vivir a expensas de su familia y que, por algunos componentes, puedes ser considerada como un apósito, o un integrante anexo (con menos derechos).  photo OIR_resizeraspx4_zps856354be.jpg Naruse orquesta la mirada a este conjunto familiar, y abre una brecha disonante en su último tercio, que quiebra el plácido discurrir. Una brecha, la muerte de uno de los componentes familiares que deja en evidencia cómo se dramatizan cuestiones baladíes, insustanciales, que incluso llevan a la violencia (verbal), como justo acaece poco antes de que se enteren de la noticia, enfrentamiento, por otra parte, que dejaba en evidencia un sangrante absurdo: la oprimida, la mujer, no se rebela frente a una tradición que la restringe sino que se revuelve contra una ‘rival’, contra otra oprimida. Además, esa muerte también pone de manifiesto cómo el peso de unas tradiciones, de unos valores, de sentirse digno, reconocido, pueden pesar tanto para socavar la propia autoestima si no te ves a la altura de ese ojo social.  photo OIR_resizeraspx5_zps493b0439.jpg Un desgarro imprevisto que quiebra esa dinámica de dramatizaciones a ras de suelo que se convierten en foco de vida, algunas inocuas, como hacer creer a tu hermana que le gusta al chico que te gusta, para así probar al chico, otras mezquinas, como las conspiraciones para echar de casa de los padres al matrimonio que se ha aposentado porque a él le despidieron, o, más cruentas, las envidias porque el hombre que amabas ama a otra. Tras el quiebro, todo de nuevo fluye, o discurre. Nada cambia. El escenario es dominado por esos pequeños dramas. La mujer sigue aplastada bajo la inmóvil roca.

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