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miércoles, 25 de agosto de 2010

Un ladrón en la alcoba

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El comienzo de 'Un ladrón en mi alcoba' (1932) de Ernst Lubitsch, es arrollador, como la propia película que hace de la elipisis y de lo que se sugiere ocurre fuera de campo vivaz dinamo (al fin y al cabo estamos en una comedia de deseos que se hurtan o raptan incluso para los propios personajes; y en donde las apariencias son simulaciones y equívocos en donde cuesta entrever lo que hay detrás): Cantos en la noche de Venecia, una atmósfera de ensueño, pero en una estancia se entreve a un hombre postrado en el suelo al que cuesta levantarse (parece que hay problemas en la atmósfera paradísiaca). La cámara realiza un impetuoso travelling sobre las fachadas ,hasta encuadrar en el balcón de un hotel a Gaston (Herbert Marshall), un barón al que un camarero pide instrucciones sobre la cena que se prepara para una invitada (Gaston le indica también que mantenga esa luna en el cielo en todo momento). La recién llegada es Lily (Miriam Hopkins), parece también pertenecer a la nobleza ( hasta que al recibir una llamada, nos muestra en un sintético contraplano que quien llama no vive precisamente en un palacio, y tampoco Lily ya que vive ahí). No, las cosas no son como aparentan, pero tampoco él. Y en juego que es intercambios e hurtos ambos toman consciencia de que tanto él como ella son ladrones de profesión, y de nobles nada, y también sus sentimientos mutuamente 'robados', ya que se enamoran y establecen una feliz unión sentimental de compañeros de profesión.
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El problema en el paraíso, en el suyo, surgirá cuando entre en escena Mariette (Kay Francis), y proponga a Gaston que sea su secretario, tras que éste le lleve su bolso robado (bolso que robó él en una estupenda secuencia en la opera narrada a través de acciones; y que devuelve porque saca más dinero con la recompensa que vendiéndolo). El propósito es el de aprovechar esa circunstancia para robar el dinero de su caja fuerte, claro que la confusión hace mella en los deseos de Gaston.
Como contrapunto, brillante, a esa indefinición y confusión, en la que no sabe lo que hay de representación y verdadero, qué se oculta y qué hay de cierto en lo que se dice (admirables detalles como esas conversaciones entre Mariette y Gaston con lo rostros casi pegados, como promesa de beso contenida; o el juego con el fuera de campo, tras las puertas, en la secuencia en que varían las ordenes al mayordomo de si ella coge o no el coche, dependiendo de las variaciones de las aproximaciones entre ellos), juegan un vivaz papel dos personajes secundarios, pretendientes contumaces de Marietta, a los que ella continuamente desdeña, el Mayor (Charlie Ruggles) y, sobre todo, Filiba (Edward Everett Horton).
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Ambos, de hecho, compiten en esa escena en la opera, cuando la roban el bolso, por ver quién es el privilegiado que la acompaña en el palco (anticipo del doble frente al que a su vez se verá sometido Gaston con las dos mujeres). El ingenioso detalle como contrapunto, sobremanera, es que Filiba fue aquel hombre al que Gaston robó en Venecia (haciéndose pasar por médico), y cuando se lo reencuentra como secretario de Mariette, hace ímprobos esfuerzos por ubicar su rostro (lo que da pie a una sucesión alterna de divertidisimas situaciones). Al fin y al cabo, también, la confusión de Filiba por no conseguir enfocar la identidad de Gaston, se puede equiparar con la confusión que embargará a Gaston cuando no sepa con claridad hacia cuál de las dos mujeres enfoca sus sentimientos. O quizás realmente en las dos, lo que determina esa confusión. Hay que recordar que posteriormente Lubitsch realizaría otras de sus grandes comedias con otro triangulo preso de las indecisiones, 'Una mujer para dos' (1933). Y es que la cualidad transgresora del cine de Lubitsch es que es un cine de interrogantes que de certezas, de desestabilizaciones más que de convencionales conciliaciones.

‎'Un ladrón en la alcoba' (Trouble in paradise, 1932), es una de ls grandes obras de Ernst Lubitsch, realizada antes de que entrara en vigor el código Hays de censura, lo que determinó en 1935 que, por su aún implicito contenido sexual, no fuera aceptada por el mismo, manteniéndose invisible hasta 1968. A destacar al guionista Samuel Raphelson con quien Lubitsch colaboró con frecuencia, en nueve obras, como 'El bazar de las sorpresas' o 'El cielo puede esperar'. Lubitsh sugería cosas en el guión, y Raphelson a su vez de puesta en escena.

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