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jueves, 18 de febrero de 2010

Los puentes de Madison

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'Sólo lo diré una vez, nunca lo he dicho antes, hay certezas que sólo se presentan una vez en la vida'. Son las últimas palabras que le dice Robert (Clint Eastwood) a Francesca (Meryl Streep) antes de despedirse, y alejarse en la oscuridad. Condensan las entrañas de esta inconmensurable obra maestra, 'Los puentes de Madison' (1995), de Clint Eastwood, una de las obras que con más complejidad y pregancia expresiva han reflexionado, y hecho sentir, sobre la condición de ese amor único donde se realiza ese logro, o materialización, de un puente entre dos intimidades que se sienten y comunican como no lo han hecho ni harán con otra persona. Esa 'suerte' de cruce o encuentro, como en unas recientes declaraciones expresaba Woody Allen, que tan raramente se dan en la vida, y que no muchos pueden disfrutar, aunque sea de su mera promesa o posibilidad.
Y ese es otro aspecto sobre el que esta obra realiza una incisiva reflexión. Esa encrucijada que nos supone ese encuentro, y qué decisión tomar, cómo conjugar con los condicionamientos de las propias circunstancias o los propios miedos e inseguridades, y de qué modo nos condiciona, a su vez, el juicio o valoración de los otros, si implica dar un paso que es romper con lo instituido o convencional (en este caso, su matrimonio o familia), y que determinaría un estigma (como la mujer del pueblo que ya lo sufre). En este sentido, es hermosa la decisión estructural de cómo este relato, o descubrimiento de las emociones ocultadas, o no vistas ni apreciadas por su familia, influye y determina (cual trasuntos de espectadores) para ambos hijos el que tomen decisiones que sean más consecuentes con lo que de verdad sienten, ya sea por soportar una relación que ya no funciona, o por no nostrar el suficiente amor a su pareja. Han mirado a su madre con otros ojos, mirada de descubrimiento, y su espejo les ha determinado a mirarse a sí mismos, y descubrirse, y así optar por la fidelidad a los sentimientos genuinos propios, el amor propio que implica el saber amar y amarse.
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Pero todo esto podría quedarse en loables intenciones sin la conmoción que se va sedimentando en sus imagenes, la capacidad de captar los pequeños gestos, la trama subterranea de emociones en juego palpitando en cada mirada, ademán o movimiento de ambos protagonistas (soberbios ambos, quizás sus mejores creaciones, y quizá, por otro lado, pienso que nunca Eastwood ha sido, a la vez, tan él mismo, fuera de ese icono que le ha llevado a la fama).Da igual las veces que la haya visto, quizá ya siete u ocho, siempre, en el mismo tramo, brotan las lágrimas en mi como una impetuosa efusión, como una catarsis de emociones liberadas. Aunque sean en ese tramo que señalice la indecisión de Francesca por romper con su vida y lanzarse al riesgo de iniciar una incierta nueva vida, cual territorio desconocido, pero asombroso, con ese hombre que le ha hecho sentirse ella misma más que nunca, sentir la emociones verdadera a flor de piel, lejos de su vida hasta ese momento enclaustrada en una vida que ha cortado sus alas de luciernaga, como un fosil incrustado en el decorado de la inercia y de su funcional rol doméstico, cual mujer 'invisible'.
Ese hombre, ese fotografo, que la ha hecho sentir visible, única y excepcional, en el centro del encuadre de la vida. No un mueble más, parte del hábito, como con su familia ( ejemplar la sintesis de las primeras secuencias cuando les prepara el desayuno, como si ella no estuviera ahi, o diera igual lo que quiera o siente: el gesto de la hija cambiando la música que ella había puesto, todos cerrando la puerta con estrepito). Por eso es tan bello ese detalle, cuando Francesca advierte cómo Robert la cierra con delicadeza. Porque la tiene en consideración. Ella ya no gira alrededor de otros, como con su familia. Sino que, como Robert le demostrará despues, es para él el centro de su vida. Haya recorrido decenas de paises él siente la certeza de que ella, la conexión de amor único que se ha dado con ella, cómplice y profundo, es su hogar, su tierra, su patria. El sabe mirarla, la reconoce, la admira, es el encuadre que buscaba encontrar, el rostro, la presencia, que quiere sea su permanente paisaje.
Sí, cómo olvidar las secuencias posteriores a su despedida. Esas secuencias de tránsito en las que ella señala que buscaba estar lo más activa para no pensar en él, o ese acongojante momento en el que llega su familia de viaje, y Francesca mira hacia el camino por el que vio por primera vez acercarse la camioneta de Robert (ahora un espacio vacio), y la sublime música, el leitmotiv de su amor, resuena breve como entre tules, como un recuerdo presente que es a la vez ausencia. Y, sobre todo, la secuencia bajo la lluvia, como si fueran lágrimas que acompasaran el momento. Francesca, sentada en su furgoneta, advierte que, al otro lado de la calle, Robert está observándola, dejándose mojar por la lluvia (todo un elocuente detalle de que él está dispuesto a exponerse a la intemperie, apostando por el agua de los sentimientos).Y, tras que vuelva el marido de Francesca a la furgoneta, todo ese doloroso debate interno que sufre Francesa, agarrada su mano al picaporte de la puerta, desgarrada por si dejarse llevar por el impulso, mientras observa cómo Robert, ya en la furgoneta delante de la suya parada ante el semáforo, coloca, sobre el retrovisor, el colgante que ella le regaló.
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Otro gesto declarativo de que ella es su espejo y su visión, su horizonte y su guía. Es su mirada. Y es el gesto del caballero que señala con un símbolo quién es su dama. Pero ella no es capaz de dejarse llevar por el impulso, ante la mirada de un perplejo marido que no comprende ( o quizá sí) el por qué de las lágrimas de su esposa. Cuánta emoción contenida en ese momento, en esas contorsiones de un sentimiento por decidirse a liberarse y apostar por la vivencia de las emociones verdaderas. Y expandida en las secuencias siguientes, como cuando Francesca recibe las pertenencias del fallecido Robert años después. La emoción hecha carne y celuloide con una intensidad palpable pocas veces experimentada, por lo menos por quien esto escribe. Cuando la belleza es conmoción. No sé si alguna vez se ha expuesto con tal pregnancia las entrañas del amor. Y sí, tambien siento que hay certezas que sólo se presentan una vez en la vida.

Bella, delicada, y de un lirismo que arrasa el túetano, 'Los puentes de Madison' también cuenta entre sus admirables virtudes los acordes de la música compuesta de Lennie Niehaus, complementado con el tema compuesto por el propio Eastwood. Obra repleta de detalles: véase la presencia fugaz del perro, en esa secuencia de tránsito, tras que la familia se haya ido, acompañando a Francesca en la oscuridad del hogar, y la posterior aparición, a la mañana siguiente, de Robert, como si hubiera respondido a la invocación de un deseo, como encarnación de una falta o carencia. Detalle, el de la 'invocación' de un fantasma, ya presente en obras anteriores de Eastwood como, por ejemplo, en sus westerns 'Infierno de cobardes' o 'El jinete pálido'.

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