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lunes, 11 de enero de 2010

El diablo dijo no

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El diablo en esta tan salaz como melancólica comedia de Enrnst Lubitsch tiene poco de siniestro. El amplio despacho en donde recibe al protagonista, Henry, tiene un aire acogedor de biblioteca. Y sus maneras y su estilo es más bien el de un refinado dandy, de picara mirada e irónico talante. Tiene algo del propio Lubitsch, quien en sus comedias había puesto en cuestión cualquier presunción en cuestiones del deseo y el sentimiento, y zarandeado toda hipocresía y rigidez moral. Por eso,escucha con atención la historia de este vivaz bon vivant que hizo de prioridad en su vida los placeres y el amor. La irreverencia se conjuga con la ternura en un relato cuyos colores tienen el sabor de la lumbre, el de esos recuerdos que se abrazan cuando ya te envuelve la noche. No es fácil aprender a amar. Sobre todo, cuando buena parte de las relaciones se forjan sobre la conveniencia, como la misma madre, perpleja ante las preguntas de su hijo cuando quiere saber si también sintió que su organismo sufrió un seismo al ver por primera vez a su padre como a él cuando ha visto a la mujer de quien se enamorado. Esta parece destinada a ese mismo destino, condicionada porque sus padres, que cuestionan lo que el otro quiere como norma, han rechazado a todos sus pretendientes, y tuvo que aprovechar una tregua que hicieron para aceptar a uno, aunque no le amara, para no quedarse solterona. Y encima ese uno, es el cuadriculado primo de Henry, que hará lo que sea por lograr que ella apueste también por el sentimiento. Su amor sufrirá también sus vaivenes, consecuencia de ese hedonismo de Henry que a veces le supera, como a la vez se encontrará topándose con la contradicción de actuar como lo hizo su padre con él con respecto a si hijo. Tan hilarante es el momento en que con 14 años descubre, gracias a su institutriz francesa, que no por besar a una chica tienes que casarte con ella o su convalecencia que preocupa a sus padres que no es más que el efecto de la resaca por el vino que ha bebido con su institutriz, como tiernas y hasta dolorosamente emotivas son las secuencia finales, cuando se realiza ese amor sereno entre Henry y su esposa, o cuando, ya viudo, cuestionado por su hijo por sus coqueteos con jovencitas, encuentra aquel libro que su esposa quería comprar, sobre cómo hacer feliz a su esposo, antes de casarse con su primo, y él se hizo pasar por dependiente para declararle su amor.

'El diablo dijo no' (Heaven can wait, 1943), de Ernst Lubitsch, con Don Ameche, Gene Tierney y Charles Coburn, tiene otro de sus grandes momentos cómicos en la escena de los padres de Gene Tierney en la que, sentados cada uno un extremo de la larga mesa, discuten porque él quiere leer ya la viñeta del periódico, y recurren al sirviente para que comuniquen al otro sus peticiones y respuestas. En el guión, el excelente Samuel Raphelson que colaboró repetidamente en varias de las obras de Lubitsch, sin duda, de las más grandes que ha dado el cine.

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